La luna llena alumbra los rostros de aquellos enanos de ojos endemoniados; todos hablan al mismo tiempo, sus voces son molestas y tétricas.
—Una apuesta, jaja —dijo uno de los duendes, mostrando sus dientes afilados.
—Lo que sea... —repitió otro, emocionado.
—Queremos a la mujer —los duendes señalaron al unísono a Ginebra.
—Muy bien, si ganan, tendrán a la chica —dijo Beatriz con seriedad.
—¿Qué? —Ginebra se estremece; sería una pesadilla caer en las garras de esas criaturas infernales.
—Pero si nosotras ganamos... se irán de aquí —habló Beatriz con valentía.
—Aceptamos.
—Sí, aceptamos —repitieron las criaturas entre risas.
Ginebra y Beatriz comienzan a jugar con las horribles criaturas. Mientras tanto, Fernando sigue adentrándose cada vez más en la mina; lleva una lámpara y un rifle, dispuesto a atrapar a los culpables sin importar las consecuencias. Por el camino encuentra botellas de whisky esparcidas y colillas de cigarro, incluso ropa de mujer.
—¿Qué es esto? No cabe duda de que se trata de ladrones —dice para sí.
De pronto, un llanto de bebé lo sorprende; se apresura a rescatarlo.
Mientras tanto, Beatriz comienza a perder el juego y los duendes festejan con alaridos y brincos.
—¿Beatriz, qué haces? —pregunta Ginebra, confundida por la mala jugada de su amiga.
—Descuida, todo está bajo control —responde Beatriz con confianza.
Los enanos beben alcohol con desesperación, ansiosos por reclamar su premio.
—Están perdiendo —ríen los duendes a carcajadas.
—Sí, perdiendo, jajaja.
—La mujer será nuestra —miran a Ginebra con malicia.
—Como ya les dije, hombrecitos, quien gane, pedirá lo que sea.
El juego continúa y esta vez los papeles se invierten; Beatriz gana. Es una bruja, nadie le gana en ese tipo de juegos, ni siquiera esas criaturas sobrenaturales.
—Vaya, sí que les hemos ganado, así que tendrán que irse de este pueblo —dice Beatriz con firmeza.
—¡Bien hecho, Beatriz! —felicita Ginebra, abrazándola.
Los dientes de los enanos rechinan; están furiosos por la derrota.
—No... ¡hiciste trampa! —gritan rabiosos.
—¡Eres una bruja! ¡Podemos oler tu magia!
—¡Eres una tramposa! ¡Repite el juego! —exigen con ira.
—¡No hice trampa, enanos! Fui más astuta y gané...
—¡Maldita bruja! ¡Van a pagar por esto!
Los duendes corren alrededor de ellas y las atacan con sus garras afiladas, pero Ginebra y Beatriz les lanzan agua bendita, que les causa severas quemaduras, ahuyentándolos por un momento. Sin embargo, uno de ellos toma a Ginebra del pie y la arrastra hacia el bosque. Beatriz se queda sola, alejando a los demás con el agua sagrada.
—¡Ginebra! —grita Beatriz, impotente.
Por otro lado, Fernando ha llegado al lugar de donde provenían los llantos y ve a lo lejos a un bebé rodeado por un duende, que se dispone a devorar al pequeño.
—¡Qué demonios!
Lleno de rabia, Fernando dispara para asustar a la criatura, pero esta se abalanza sobre él y lo araña. Él logra quitársela de encima y la mata de un disparo en la cabeza. De repente, dos duendes más aparecen y lo hieren en los brazos. Fernando se quita su collar con forma de cruz y se lo clava en el ojo a uno, que se hincha y mueren sus intestinos; al otro le dispara dos veces y muere.
—Malditos monstruos —dice Fernando mientras se limpia la sangre del rostro.
Beatriz, agotada, termina de ahuyentar a los duendes restantes.
—Estúpidos enanos pervertidos... —murmura.
Mientras tanto, Ginebra corre perseguida por uno de los duendes; el agua bendita se le acabó y busca cómo ganar tiempo. Sangra por arañazos violentos, pero sigue corriendo con todas sus fuerzas. De repente, un duende la hace tropezar y cae en un pequeño barranco, rodando y quedando tendida en el suelo. La criatura se dispone a atacarla cuando algo lo arrastra y despedaza: es Leonardo, el sirviente de Alejandro.
Más duendes llegan para morder a Ginebra, pero unos ojos rojos se asoman entre los árboles y una voz amenazante los reprende:
—¿Cómo se atreven a tocar a mi mujer? —pregunta el vampiro, furioso.
—Alejandro... —Ginebra lo mira salir de las sombras, frenético.
Los duendes se arrinconan, temblando.
—¡Les hice una pregunta! —grita Alejandro con autoridad—. Malditos enanos malolientes.
Leonardo carga a Ginebra y la lleva a un lugar seguro.
—No tenga miedo, no lastimaré a la novia de mi amo, aunque usted sea humana —dice Leonardo sin expresión alguna.
—¿Qué pasará con Alejandro? —pregunta Ginebra, preocupada.
—Esas criaturas no son rival para mi rey.
Los duendes huyen rápidamente, pero es inútil; Alejandro es más rápido y uno a uno los caza, acabando con ellos.
Por otro lado, Beatriz se prepara para buscar a Ginebra, pero se esconde al ver a un hombre salir de la mina con algo en brazos.
—¿Quién es él?
Ginebra, a salvo gracias a Leonardo y Alejandro, siente alivio al verlo y corre a sus brazos.
—¡Alejandro! Gracias a Dios estás bien.
—Humana —responde Alejandro, correspondiendo al abrazo con ternura.
—¿Cómo supiste que estaba en peligro? —pregunta Ginebra, mirándolo a los ojos.
—Tu olor me trajo aquí —le acaricia el cabello.
—Ya revisé su brazo, señor, estará bien; solo le quedará una pequeña cicatriz —dice Leonardo con seriedad.
—¿Te duele mucho, belleza? —pregunta el vampiro con voz gruesa.
—No, estoy bien, feliz de verte otra vez —responde Ginebra, contemplando la hermosura de Alejandro; la luz de la luna le sienta bien.
—Debes regresar a casa.
—Quiero quedarme a tu lado —dice Ginebra, enamorada.
—Mañana te esperaré en la mansión. Lleva puesto el vestido que te compré y no olvides la lencería —sonríe Alejandro con picardía—. Voy a compensarte por todo lo que me has extrañado y también por ser tan buena chica —añade mientras toca sus labios.
—Cuento las horas para estar contigo —Ginebra vibra con las caricias de su amado vampiro.
Alejandro le da un beso apasionado y la despide con un beso en la mano, luego la acompaña para sacarla del bosque.
—¡Beatriz! —Ginebra ve a lo lejos a su amiga, corre hacia ella y la abraza.
—¡Ginebra! Gracias a Dios estás bien. ¿Cómo lograste escapar? Tenía miedo de que se hubieran aprovechado de ti... —dice Beatriz con la voz entrecortada.
—Corrí lo más rápido que pude y los perdí de vista.
—Ya no vamos a preocuparnos por esas cosas; se fueron para siempre de este pueblo.
—Gracias a Dios...
—Vi a un hombre salir de la mina con algo en brazos, estaba herido. Estoy segura de que luchó con esos duendes. Debemos averiguar quién es antes de que abra la boca.
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El amante del pantano de Nil
ParanormalEl día previo a su boda, Ginebra descubre a su prometido en los brazos de su propia hermana. Devastada y al borde del abismo, se adentra en el pantano de Nil, un lugar envuelto en leyendas y peligro. Buscando la muerte, se entrega a un monstruo oscu...
