El final de la amante

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Esmeralda está paralizada. El temor de tener enfrente al rey de los vampiros le ha entumecido el cuerpo. Sabe que Alejandro es despiadado y que su vida pende de un hilo.

—¿Cómo te atreves a tocar a mi mujer? —Alejandro clava violentamente la mirada sobre Esmeralda.

—¿¿Tu mujer?? Yo soy tu mujer... yo... —balbucea Esmeralda, incapaz de creer lo que ha escuchado.

—Tú no eres nadie para mí.

—¿Qué? —pregunta Esmeralda, atónita.

—Tú no significas nada. Esta humana es todo para mí. Ella es mi vida y mi eternidad. Pagarás por lo que le hiciste.

—Alejandro... —Ginebra se estremece al escuchar las declaraciones de su amado.

—¿Cómo te atreves a decir eso? ¡Yo te entregué mi humanidad! ¡Te lo di todo! —grita Esmeralda, llena de indignación.

—¡Tú solo querías ser inmortal! ¡No querías envejecer! Solo ansiabas poder y el placer que yo podía darte —responde Alejandro, alzando la voz. Esmeralda pega un brinco.

—Yo te quería a ti... Sin embargo, me abandonaste. Jamás te expresaste así de mí, nunca me defendiste como lo haces con ella —Esmeralda tiene el rostro apagado, como cuando algo importante se rompe en el interior.

—Yo no me vinculé contigo. ¿Qué te hace pensar que eras importante? —El rostro de Alejandro es duro, y sus palabras, ásperas.

—¡Nuestra especie jamás se vinculó con un humano! ¡Eso es aberrante! ¡Es humillante para ti como nuestro rey!

—Si vuelve a alzarle la voz a mi rey, le arrancaré la cabeza —amenaza Leonardo mientras aprieta el cuello de Esmeralda. Ella se ahoga, pero su indignación es más grande que su prudencia y se dirige a Ginebra con seriedad.

—Humana... —dice con dificultad—. Él jamás va a amarte. Un vampiro no se enamora, y este rey nunca te amará como tú quieres.

—Te equivocas —interrumpe Alejandro con firmeza.

—¿Qué? —Esmeralda se congela.

—Yo amo a esta humana.

—Alejandro... —susurra Ginebra. Su corazón se llena de asombro y alegría al escucharlo decir que la ama. El rey de los vampiros se ha enamorado de ella.

—No... no es verdad. No es posible —Esmeralda está en shock y llora llena de rabia.

Leonardo toma la palabra. Está cansado de la osadía de esa vampira.

—Usted no entiende cómo funciona un vínculo, no comprende el milagro de esta unión. Nuestro rey se ha unido con esta humana de una manera absoluta, y yo soy testigo de ello. Nadie elige de quién vincularse; el destino quiso que fuera así y unió a un vampiro con una humana. Ahora son uno mismo y es nuestro deber respetar esa unión.

—¡No la acepto! ¡No está bien! —Esmeralda intenta escapar para asesinar a Ginebra, pero Leonardo logra detenerla.

—¡Vampiresa de Galia! El vínculo es nuestra ley más sagrada. Aquellos que buscan destruirlo merecen ser borrados de la faz de la tierra. Tu cuerpo inmortal debe convertirse en cenizas. Pagarás por tu crimen. Borraré tu existencia. Serás olvidada, como los que no valen nada.

—¡No!... ¡Espera, Alejandro!

Alejandro se acerca a Esmeralda mientras la fulmina con la mirada. Es un rey temible. Ella suplica perdón y trata de soltarse, pero Leonardo la sujeta con firmeza. Ginebra voltea el rostro; los gritos suplicantes de Esmeralda le erizan la piel.

El amante del pantano de Nil Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora