Ginebra no puede conciliar el sueño. Está de pie junto a su cama, pensando y reflexionando sobre todo lo que ha pasado últimamente. Lleva varios días durmiendo en casa de Beatriz; desde que Alejandro se fue, no ha podido descansar bien. La mansión es demasiado grande y solitaria para ella, además, no hay rastros del vampiro y, por alguna razón, se siente triste por su ausencia.
—Debo admitir que ese día me descargué contigo —dice—. Sé que te fuiste terriblemente ofendido por mis palabras, una vez más desprecié el vínculo que tenemos, aun sabiendo lo que significa para ti. ¿De verdad te fuiste para siempre? ¿No vas a regresar? —Ginebra suspira profundamente.
—Estás triste. —Beatriz sorprende a Ginebra, quien da un brinco.
—¡Beatriz! ¡Me asustaste! ¿Qué haces levantada tan temprano?
—Son las cuatro de la mañana, tampoco podía dormir —balbucea mientras bosteza.
—Bienvenida al club.
—¿Por qué estás deprimida?
—No lo estoy —Ginebra intenta disimular su sentir.
—Claro que sí, no puedes engañarme, soy una bruja.
—Bueno... tal vez un poco. No sé por qué me siento así.
—Disculpa, tienes razones de sobra para sentirte así, tu vida es horrible, sin ofender.
Beatriz le da una palmada en la espalda en forma de consuelo.
—¿Y qué hay de ti? ¿Por qué no puedes dormir?
—Tuve una pesadilla, un mal presentimiento, pero no quiero hablar de eso. ¿Has sabido algo de ese estúpido vampiro?
—No... no ha regresado a la mansión.
—Ah, ya veo por qué estás triste.
—Le dije cosas horribles, entendería si ya no regresa.
—¿Qué le dijiste? —pregunta Beatriz, curiosa.
—Que por mí podía olvidar ese estúpido vínculo, que David siempre sería el dueño de mi alma y que él jamás ocuparía mi corazón —responde Ginebra, avergonzada.
—¡¿Qué hiciste qué?! No defiendo a ese chupasangre, pero entiendo por qué se fue tan molesto.
—Metí la pata...
—¡Metiste las cuatro! Voy a traducir tus palabras al idioma de ese desgraciado: "No me importa tu alma, vete al carajo, no vales nada, yo soy la que manda aquí, no me importa que seas un rey ni que te hayas unido a mí en la unión más sagrada que existe, prefiero estar atada a un muerto y serle fiel a mi ex, y muchas otras maldiciones más que tus castos oídos no pueden escuchar."
—¿Yo dije eso? Pues él me dijo cosas horribles también.
—¿Ah, sí? ¿Cómo qué? —pregunta Beatriz, alzando una ceja.
—Dijo que se arrepiente de haberse vinculado conmigo, que puedo irme a la tumba si quiero —Ginebra hace un puchero y se humedecen sus ojos.
—Sí, pero tú mordiste primero.
—Eso ya no importa, probablemente no volveré a verlo. Quizá con el tiempo se vincule con alguien de su especie y se sienta mejor.
—Eso es imposible —dice Beatriz con rostro serio.
—¿Qué?
—Los vampiros solo se vinculan una vez en su vida, si es que logran hacerlo, ya que no es fácil encontrar un alma que encaje a la medida. Al decirle que no te importa el vínculo lo estás despreciando. Imagínate la humillación que debió sentir siendo un rey.
—¡Ay! Beatriz... me siento tan culpable. Además, eso me suena muy romántico y yo no puedo enamorarme de él. Jamás amaré a nadie como lo hice con David.
—No te preocupes, mejor para ti. Así no tendré que preocuparme de que te rompa el corazón. Él es el que jamás podría enamorarse de ti; el amor es algo que una criatura como él no puede sentir ni anhelar.
—No entiendo cómo podría funcionar esto...
—Si es que algún día regresa, deberás tenerle la devoción que le tendrías a tu esposo: ser leal y fiel, eso tendría que bastar —Beatriz hace una pausa y se estremece—. ¡Ay! ¿Qué estoy diciendo? Ese tipo es un vampiro, no puedo creer que te esté explicando todo esto. Mejor aviéntalo al sol y que se calcine.
—¡Beatriz! Yo jamás le haría algo así.
—Sí, sí, lo sé. Vaya problema el tuyo.
—¡Qué frío está haciendo! Hay demasiada niebla allá afuera.
De pronto, un temor inexplicable se apodera de Beatriz y la piel se le eriza hasta la nuca.
—Esto no está bien... no es normal...
—¿Estás bien?
Mientras tanto, en la espesura del bosque, un hombre de belleza exquisita es acariciado por la niebla. Sangre fresca resbala de su boca; acaba de devorar a su presa y, una vez que ha terminado, avienta el cuerpo a los arbustos. Un terrible olor lo hace terminar asqueado y eso lo molesta.
—¿Le sucede algo, señor? ¿Acaso desea otro humano? —pregunta una voz en la oscuridad.
—Este hedor ya lo he percibido antes, ese aroma nauseabundo. Además, esta niebla no es normal —dice Alejandro con desagrado.
—También percibo ese aroma desagradable y me parece un tanto familiar.
De repente, los arbustos comienzan a moverse. Algo se aproxima, emitiendo gemidos huecos y espeluznantes: es el cadáver del hombre que Alejandro había matado, convertido en un muerto viviente. Arrastrando los pies, se dispone a dar la primera mordida.
—Permítame quitarle esta molestia de encima —el sirviente de Alejandro se abalanza contra el cadáver y le revienta la cabeza de un solo golpe, salpicando de sangre y sesos a su señor—. Perdóneme, amo, he manchado su rostro. Aceptaré cualquier castigo que me imponga.
—Lo dejaré pasar por esta vez. Parece que la bruja necromante sigue con vida después de todo.
—Me encargaré de traerle su cabeza, mi señor.
—Asegúrate de encontrar a la bruja de los muertos. Morirá antes de completar los trescientos años de gracia.
—Como ordene, amo.
El sirviente se va haciendo una reverencia mientras los ojos de su rey brillan en la oscuridad de aquel desolado bosque.
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El amante del pantano de Nil
ParanormalEl día previo a su boda, Ginebra descubre a su prometido en los brazos de su propia hermana. Devastada y al borde del abismo, se adentra en el pantano de Nil, un lugar envuelto en leyendas y peligro. Buscando la muerte, se entrega a un monstruo oscu...
