Incertidumbre

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Nuestros héroes han salido victoriosos tras derrotar a un espíritu de gran poder. Mientras Beatriz se ruboriza por los comentarios de Leonardo, su emoción se desvanece al ver a Ginebra parada afuera del local.

—Giny... ¿Qué haces aquí? Es muy temprano.

—Fernando se ha declarado oficialmente nuestro enemigo —declaró Ginebra sin reparo.

—¿Qué?

—Señorita Ginebra... —Leonardo se da cuenta de que algo no anda bien.

—Quiero hablar con ustedes, pero no aquí. Vayamos a un lugar más seguro.

—Si le parece, podemos ir a la mansión.

Nuestros amigos se dirigen al pantano, y una vez ahí, Ginebra les pide un extraño favor.

—Necesito... ¿podrían darme un segundo?

—Eh... sí —Leonardo y Beatriz la miran, confundidos.

De repente, Ginebra comienza a maldecir con todas sus fuerzas. Toma un trozo de madera y comienza a golpear un viejo arbusto. Está furiosa y muy indignada.

—Creo que el embarazo la tiene hormonal —dice Beatriz, impactada.

—No creo que sea eso.

Después de unos segundos, Ginebra se voltea y vomita. Luego se apoya en un árbol para descansar.

—¿Qué le pasa? Usted no es de las que reaccionan así. Y no creo que sea por el embarazo —dijo Leonardo, preocupado.

—Sí, ya dinos, Giny. Das miedo.

—Ese maldito de Fernando... es un verdadero demente. No sé ni por dónde empezar. El caso es que...

Ginebra les cuenta todo por lo que ha tenido que pasar, y Beatriz enfurece.

—¡Es un infeliz de mierda! ¡Maldito bastardo, voy a castrarlo! ¡No me detengan, porque le cortaré ese gusano!

Leonardo la toma del brazo y mira a Ginebra para poder hablar con ella.

—Lamento todo lo que ha atravesado, y entiendo el enojo de Beatriz, pero quiero hacer énfasis en algo.

—¿En qué cosa? ¡Está claro que Fernando hará todo lo posible por asesinar a Alejandro! Perdón, no quise alzarte la voz.

—Usted mencionó que el humano le dio de beber un té amargo y que, minutos después, comenzó a sentirse mareada y agitada, ¿no es así? Para ser honesto, no creo que el té en sí tenga algo que ver. Tampoco una droga humana. Esto es... hechicería. Una muy poderosa. Una que ya he visto antes.

Leonardo se queda pensativo. Su rostro muestra preocupación, y Beatriz y Ginebra lo notan.

—¿Te pasa algo? —pregunta Ginebra, nerviosa.

—Tienes razón, esto no es magia común. Ahora que te observo con más atención, tu aura despide un ligero color púrpura, casi invisible... —Beatriz es interrumpida por Leonardo.

—Son los restos de la magia de un vampiro.

—¿Qué? Pero no había nadie más ahí con nosotros.

—Nunca lo notarían. Estamos hablando de los mellizos.

—¿Qué mellizos? ¡Di todo lo que sepas, por favor! —exclama Beatriz, asustada.

—Gabriel y Aarón, los temidos mellizos de Katar. Hechiceros de la corte del rey de los vampiros. Crueles y enfermos. Desean controlar a mi señor para llevar a cabo su deseada guerra. Quieren someter a los humanos y regresar a los tiempos en que mi pueblo dominaba la Tierra a su antojo. Seguramente ya se enteraron de la muerte de Esmeralda, la vampiresa de Galia. Junto con otros vampiros, querían que ella fuera la esposa oficial de mi señor. Deseaban que dejara de ser su amante para convertirla en emperatriz. Era su candidata favorita por su crueldad y participación en la extinción de los licántropos, entre otras batallas. Sin embargo, mi amo la despreciaba, al igual que a sus otras amantes.

—¿Y cómo lo supieron?

—Aarón tiene la capacidad de ver el pasado, el presente y el futuro. No de forma exacta, claro, pero puede prever sucesos probables, ya que el futuro siempre puede cambiar. Probablemente así se enteraron. Deben estar furiosos. Y no solo por eso. Lo más seguro es que ya sepan que mi amo se ha vinculado con usted —Leonardo mira a Ginebra fijamente—. Ese es, definitivamente, su mayor problema.

—Pero... aceptar y respetar el vínculo es su ley más sagrada.

—Jamás se ha dado con un humano. Créame cuando le digo que ellos no lo aceptarán.

—No... —Ginebra se desploma—. ¿Por qué no nos dejan vivir en paz? ¿Qué tipo de amenaza puedo ser para ellos? ¿Por qué se opondrían a nuestra relación?

—Porque su vínculo puede romper la maldición de la inmortalidad. Al menos es una probabilidad. Es lo que hemos visto y experimentado. Si esto sigue así... tengo la sospecha... mejor dicho, la esperanza... de volver a ser humanos.

—Por eso harán todo para evitarlo —dice Beatriz en voz baja—. No les conviene perder todo ese poder y la oportunidad de vivir para siempre. ¡Malditos inmortales! Perdón... sin ofender a los presentes.

—No te preocupes.

Ginebra los observa, extrañada.

—¿Desde cuándo se tutean?

—¿Qué? ¿De qué hablas? —Beatriz comienza a tartamudear y se sonroja.

—¿Estás bien? ¿Por qué estás tan colorada y nerviosa? —pregunta Ginebra, confundida, pues ni por su cabeza pasa que Beatriz gusta de Leonardo.

—¡No pasa nada! ¿Qué va a pasar? Unos gemelos malignos se han sumado a la fila de enemigos y, para colmo, Fernando se postulará para alcalde.

—Son mellizos —la corrige Leonardo, mirándola fijamente, y Beatriz voltea el rostro con rapidez.

—Es lo mismo...

—¿Entonces... hay una posibilidad de que Fernando esté trabajando con ellos? —pregunta Ginebra, temerosa.

—¿Una especie de alianza para derrotar a Alejandro?

—Ellos quieren a su rey. Es el monarca más digno que hemos tenido hasta ahora. Su objetivo es usted, señorita Ginebra. Es usted quien corre peligro.

El amante del pantano de Nil Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora