Una mirada al pasado.

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El funeral del pequeño Enrique ha terminado. Ni su madre ni su abuela estuvieron presentes. Bardos está furioso y se dirige a la habitación de Victoria, azotando la puerta con tal fuerza que las criadas que la acompañan se sobresaltan.

Ha prohibido a Verónica acercarse nuevamente a su casa, advirtiéndole que llamará a la policía si vuelve a verla allí.

—¡Fuera de aquí! ¡Déjenme a solas con esta mujer! —grita Bardos con voz imponente, haciendo que Victoria dé un respingo.

—Sí, señor —responden las criadas, saliendo corriendo de la habitación.

—¿Qué es lo que quiere? Me siento indispuesta —dice Victoria con voz temblorosa.

—No me interesa cómo te sientas. No quiero que vuelvas a poner un pie en esta casa, ni tú ni tu despreciable madre.

—¿Qué? ¡No puede hacerme esto! ¡Soy la viuda de su hijo y acabo de perder a mi bebé!

—¡Mi hijo no te amaba! Nunca lo hizo. Fuiste el mayor error de su vida. Y no te atrevas a mencionar a mi nieto, ¡a quien llamaste monstruo con esa boca asquerosa! Tú lo mataste, y ahora la culpa y el remordimiento te perseguirán hasta el día en que ardas en el infierno.

—¡Estaba asustada! ¿Por qué no me entiende?

—Ya te lo dije. Cuando te recuperes del parto, te vas de aquí. Olvídate del dinero que recibías. La única Borgues bienvenida en esta casa es Ginebra. De ustedes, parásitos, no quiero saber nada.

—¡No! ¡No puede hacernos esto!

Bardos se marcha, dejándola con la palabra en la boca. Victoria retuerce las sábanas entre sus manos, consumida por la impotencia.

—¡Maldita sea! ¡Estúpido viejo! ¿Quién se cree que es? No puedo permitir que nos retire la mensualidad. No estoy dispuesta a trabajar ni a perder mi estatus social. Debo hacer algo... Debo avisarle a mi madre...

Llama a Clara y le entrega una carta urgente.

—Llévala a casa de mis padres. Es de suma importancia. Asegúrate de que nadie más la lea. Dile a mi madre que la queme después de leerla, ¿entendiste?

—Sí, señora.

Selene, intrigada por el repentino movimiento, se queda observando desde fuera. Ha notado la urgencia de Clara al salir y decide entrar a la habitación.

—¿Qué haces ahí parada? ¡No quiero a nadie aquí! ¡Quiero dormir! ¡Que no me molesten!

—Entiendo, señora. Si necesita algo, estaré afuera.

—¡Lárgate! —grita Victoria, lanzándole un florero que se estrella contra la puerta.

Sola en su habitación, se abraza a una almohada y llora.

—Esto no debería ser así... ¿Por qué estoy aquí sin ti? Yo no quería perderte, no quería que murieras... No sabía que ese bebé era tuyo. Si hubiera tenido la certeza, lo habría cuidado. ¡Te lo juro! Pero tú me empujaste a esto.
Si tan solo te hubieras quedado conmigo... nada de esto estaría pasando. Si la estúpida de Ginebra no te hubiera embrujado con su falsa dulzura, otra historia estaríamos contando.
Tú me habrías amado. Yo fui la primera en verte. Era seis de noviembre, el rumor corría: el único hijo de los Landez había regresado del extranjero.
Nuestras familias eran cercanas gracias a los negocios de nuestros padres. Teníamos dieciséis años. Ese día, mi madre me pidió que la acompañara a visitar a tu madre. Quería que te llevara un regalo de bienvenida. Sé que buscaba emparentarnos.
Y entonces te vi... Estabas en el gran salón, acariciando a tu mascota. Odiaba a los perros, pero te veías tan tierno con él. Sonreías. Tenías esos hoyuelos adorables. Eras incluso más guapo de lo que imaginaba.
Desde ese instante me gustaste. Nos hicimos buenos amigos. Visitaba tu casa cada vez que podía. Jugábamos con tu perro y comíamos galletas. Me sentía feliz, pensaba que tú también me querías.
Hasta el día de tu cumpleaños. Tu familia organizó una gran fiesta. Llevé el mejor regalo, usé mi vestido azul para impresionarte.
Pero cuando llegué, tus ojos brillaron... por ella. No por mí. Toda la fiesta fue para Ginebra. Me ignoraste por completo. Y ese primer domingo de febrero la vi volver con un ramo de flores. Supe que ella también te gustaba.
Los celos me carcomieron. Y entonces... maté a Togo. Tu perro. Lo ahorqué. Quería que sufrieras tanto como yo sufría.
Después necesitabas una esposa. Mi madre abogó por mí, pero mi padre eligió a Ginebra, "porque eran novios desde hacía cinco años". Me dejó de lado, otra vez.
Pero tú y yo teníamos un secreto...
Fuimos amantes durante un año. Disfruté tus besos, tus caricias... Siempre te sentías culpable, pero volvías a mí.
Incluso un día antes de tu boda... lo hicimos en la bodega de mi padre.
Todo terminó cuando esa maldita nos descubrió. Ella arruinó mi vida. ¡Ella destruyó todo!
Por eso juré vengarme. Y si eso te llevó a la tumba... fue culpa de ella.

Mientras tanto, Verónica ha recibido la carta que Victoria le envió. Tras leerla, la quema sin dejar rastro. Ha pactado con Clara para entrar a la mansión después de la medianoche. Le ordena comprar unas hierbas especiales en el mercado.

—¿Así que piensas echar a Victoria a la calle y dejarnos en la ruina, Bardos Landez? Pues ya veremos...
Veremos quién arruina a quién. Bardos Landez.

El amante del pantano de Nil Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora