Ginebra está indignada; su corazón ha sufrido mucho en muy poco tiempo. Se siente sola y no sabe a quién recurrir, está completamente vulnerable. Ha conseguido dónde pasar la noche gracias a un brazalete que empeñó para conseguir algo de dinero.
—¿Por qué todo me sale mal? No puedo obligar a mi corazón a olvidar lo que siente. Estoy condenada a amar a un infeliz que me engañó.
Ginebra se ha hospedado en una pequeña posada. Está tan deprimida que no puede ni levantarse de la cama, pero un misterioso sobre entra por la puerta; se trata de una carta de David.
—Mi querida Ginebra, espero que entiendas que no hay para mí más vida que tú. Esta noche planeo irme de Valle de Cobre para siempre. Por favor, escápate conmigo. Sé que no tengo derecho a pedirte tal cosa, pero... si aún te queda algo de amor por mí, te espero a la medianoche junto al arroyo. Un caballo nos esperará junto con unos boletos de tren a París. Te amo infinitamente.
—David...
Mientras tanto, en la mansión de los Landez.
—¿Qué tanto está haciendo David? Escucho sus pasos de aquí para allá. ¿Qué está pasando? ¿Habrá recordado que fui yo quien lo empujó? ¿De qué tanto habla con Bardos?
Victoria sale de su habitación y lentamente se acerca a la puerta para escuchar lo que dicen.
—¿Estás seguro, hijo?
—Sí, padre. Esta noche me iré del pueblo y de todo corazón espero que Ginebra esté ahí. La llevaré lejos y me casaré con ella.
—¿Y qué pasará con Victoria?
—Me haré cargo de ella y le dejaré dinero suficiente para que no le falte nada, ni a ella ni al bebé, pero no seguiré al lado de una mujer que no amo.
—Eres un maldito, David Landez. Juro por mi vida que no llegarás a ningún lado. Si no eres mío, entonces no serás de nadie.
Victoria aprieta los puños; los celos le hierven la sangre.
La medianoche se acerca. David cabalga hacia el arroyo y se da cuenta de que Victoria va tras él.
—¡Detente, David! —grita Victoria furiosa.
—Victoria... —David se detiene, no esperaba algo así.
—¿Qué haces aquí? —él responde— Lo mismo te pregunto yo a ti, ¿no es muy tarde para que estés con tu caballo?
—Regresa a la mansión, no es necesario que me acompañes.
—Escuché todo lo que le decías al viejo de tu padre. Piensas huir con Ginebra, ¿no es así?
—¡Sí! Este matrimonio es una farsa. ¡Nunca debí enredarme contigo!
—¡No puedes abandonarme!
—Yo no te amo, Victoria. Siempre he amado a Ginebra. ¡Tú fuiste el peor error de mi vida!
—¿Cómo puedes decir eso? —Victoria saca un arma y le apunta a David en la cabeza.
—¡¿Qué estás haciendo?! ¡Baja el arma!
—No voy a permitir que te vayas con esa zorra. ¡Tú eres mío!
—¡Estás loca! Baja el arma antes de que hagas una tontería.
—Siempre preferiste a Ginebra. ¿Por qué? ¡Yo te di todo! ¡Dejé a mi novio por ti!
—Lo que pasó entre nosotros es una aberración y me arrepiento profundamente.
—Entonces ya tomaste una decisión. Yo también he tomado la mía.
—Aunque me mates, jamás seré tuyo. ¡Eres una psicópata!
—Este hijo no es tuyo, pedazo de idiota. Quería decírtelo antes de mandarte al otro mundo, así que... adiós, mi amor. Te veré en el infierno.
Victoria detona el arma tres veces, dejando a David tirado, agonizando en el suelo. Ella huye en su caballo, abandonando a su esposo en el crudo frío de la noche. Las lágrimas recorren el rostro de David; sabe que jamás volverá a ver a Ginebra.
El ruido de los disparos llega a los oídos de Ginebra, quien está esperando en el lugar donde se encontraría con él.
—¡David! —Ginebra corre con todas sus fuerzas, su corazón se estremece al ver a lo lejos un cuerpo tirado y a alguien huir de la escena del crimen. No cabe duda, se trata de David.
—No... —Cada uno de sus pasos la lleva a él, ni siquiera puede hablar por la impresión que le causa ver el cadáver de quien alguna vez fue su prometido. Se ensucia el vestido con la sangre de David; le han arrebatado la vida.
—No, tú no, ¡¿por qué?! —Ginebra llora desconsoladamente— Dijiste que me esperarías, que iría contigo a París. Dios mío... ¿Quién te hizo esto? Mi amor, despierta...
La policía se acerca y Ginebra corre peligro de ser culpada por homicidio. Está perdida en su dolor y desesperación, pero una mano la levanta del suelo: es nada más y nada menos que Alejandro.
—Es hora de irnos.
—Déjame, no puedo dejarlo aquí. Hace mucho frío...
—La policía te culpará si no te mueves de aquí.
—No quiero irme. ¡Lo asesinaron! ¿Quién pudo hacerle algo así?
Ginebra abraza el cuerpo de David y, a su costado, encuentra un arete.
—¿Qué es esto? —presta atención y se da cuenta que es muy parecido a la joyería que usa Victoria, y exclama— ¡Ella lo mató! Esa maldita asesina...
Alejandro golpea su vientre dejándola inconsciente.
—Ya fue suficiente, este crimen no lo pagarás tú.
Victoria se ha salido con la suya. Ha llegado a la mansión como si nada hubiera pasado, incluso se toma el tiempo de servirse una copa de vino.
—Nadie va a descubrirme. Espero que te mueras de dolor, hermanita. Te he quitado todo lo que te hacía feliz. Este brindis es por ti, David, que disfrutes tus días en el otro mundo.
Los gritos desgarradores de Bardos la estremecen; la policía le ha dado la noticia de la muerte de David y, por primera vez, el inquebrantable Bardos se desmorona.
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El amante del pantano de Nil
ParanormalEl día previo a su boda, Ginebra descubre a su prometido en los brazos de su propia hermana. Devastada y al borde del abismo, se adentra en el pantano de Nil, un lugar envuelto en leyendas y peligro. Buscando la muerte, se entrega a un monstruo oscu...
