Se avecina el mal

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La lluvia parecía calmarse por momentos; los relámpagos estremecían el corazón agitado de Lía, quien, temerosa por las amenazas de Alejandro, yacía sentada en el sofá, cuidadosa de no enojar aún más al rey.

—Necesito ayudar a Beatriz a devolver a ese demonio al lugar al que pertenece. Esta es la segunda vez que la meto en problemas, no era mi intención invocar esa cosa. ¿Tan terrible es que Beatriz se pusiera a temblar solo de ver a ese espíritu? A ella no le gusta entrar al mundo de los espíritus, no le gusta ver fantasmas, es demasiado aterrador para ella... y aun así, se echó toda la culpa —suspiró Lía, desanimada—. Lo que menos quería era meter a mi mentora en problemas.

Por otro lado, Alejandro estaba con Ginebra en la habitación.

—¿Por qué me miras con esos ojos de venado? —le preguntó Alejandro a Ginebra, pues no dejaba de mirarlo.

—¿No crees que fuiste muy duro con Lía? Ella... solo es una niña.

—Al contrario, fui demasiado blando con ella.

—Si no logran devolver al demonio a su lugar... ¿Realmente azotarás a Beatriz?

—Así es. ¿O prefieres que azote a la niña?

—¡Alejandro! No digas eso —Ginebra claramente estaba inconforme con la dureza de su prometido.

—Ginebra, créeme cuando te digo que en esta situación estoy siendo realmente blando con esas dos. En otros tiempos, las hubiera decapitado por su ineficiencia. La niña es una aprendiz y, a pesar de su corta edad, debe aprender a ser responsable de sus acciones. Tiene una magia muy poderosa y considero que puede llegar a ser una buena aliada en el futuro.

—¿Por eso eres tan duro? ¿Es verdad que a los vampiros no les gustan las brujas? ¿Por qué hay riña entre ustedes? —le preguntó Ginebra, confundida.

—Ya te dije por qué soy firme con ellas. El hecho de que las brujas en otros tiempos se negaran a obedecer o prestar sus servicios a los vampiros es otra cosa. Al parecer, Beatriz y la niña son las únicas sobrevivientes de brujas. Desconozco si hay más en algún lado; es una teoría a la que no me cierro. La pequeña humana nació con magia y, aunque las Alayon fueron el último clan registrado, estoy seguro de que debe haber más brujas allá afuera, ocultas para no ser descubiertas y no servir a mi especie, miserables ratas.

—Comprendo tu sentir, pero ¿no estarás descargando tu ira con ellas dos? Son brujas, pero no las representan a todas, al menos no a las que se esconden. Además, hiciste estériles a dos de ellas y perseguiste a María hasta matarla. Se lo merecía, pero Bety y Lía te sirven a ti con agrado; deberías ser más amable con ellas.

—¿Qué? —Alejandro se molestó por la forma en que Ginebra lo abordaba. Ella era una humana muy valiente, nunca tuvo miedo de expresarle cómo se sentía, y aunque lo molestara, eso también le agradaba de ella.

—Lía realmente se toma en serio su trabajo. Justo hoy le habló a tus hijos. Debiste escucharla, fue tan tierna. Aun en el vientre les jura lealtad y se esfuerza cada día para ser capaz de protegerlos. ¿Eso lo hace una niña pequeña? No, eso lo hace Lía, la aprendiz de bruja. Para mí, la lealtad es mejor que cualquier cosa, y sé que para ti también.

—¿Quién te crees para hablarme así? —Alejandro tomó a Ginebra de la cintura y acercó sus labios a los suyos.

—Soy tu mujer y tu futura esposa.

Mientras tanto, Leonardo y Johan esperaban afuera a la hora indicada. El frío era insoportable y el ambiente realmente pesado entre ellos dos.

—Veo que no te da gusto volver a verme. ¿Por qué será? ¿Tienes miedo de que te quite el puesto de mayordomo? —Bardana miró fijamente a Leonardo.

—Aunque quisieras, no podrías, vampiro ignorante. La mayordomía no se arrebata, se gana —respondió Leonardo, quien no soportaba la idea de estar parado junto a él.

—Ah, sigues siendo tan presuntuoso. No sé cómo el rey no se ha hartado de tu asquerosa personalidad.

Leonardo no le contestó y decidió ignorarlo.

—¿Vas a ignorarme toda la noche? Ah, qué noche tan aburrida.

Por otro lado, Beatriz había salido un rato. Se había dirigido a su local a recoger agua bendita y algunas cosas que iba a necesitar para el ritual de encarcelamiento. Realmente no estaba segura de si esto iba a funcionar; esa clase de demonios no se vence tan fácilmente y eso le preocupaba. Este espíritu no se comparaba con el espantapájaros, este era realmente maligno.

—Espero que esto realmente funcione...

Beatriz caminaba hacia la mansión sin percatarse de que Johan y Leonardo la miraban. Estaba tan metida en sus pensamientos que ni se percataba. Llevaba puesto por primera vez un vestido bonito, estaba limpia, su largo cabello ondulado estaba peinado e incluso llevaba algo de perfume. Había decidido arreglarse más, ser más femenina e incluso se había puesto a dieta. Era difícil notar sus atributos bajo su estilo apagado e inseguro. Vestía hasta ese día ropa de hombre, holgada y arrugada, pero hoy su rostro era visible: sus labios carnosos y rojizos, su hermosa nariz, sus ojos grandes y negros con largas y curveadas pestañas, su atractiva silueta, grandes caderas y enormes pechos. Era alta y muy atractiva; quería sentirse diferente, más linda, para, aunque sea en sus fantasías, gustarle a aquel reservado mayordomo.

Los ojos de Bardana y Leonardo la siguieron hasta que, por fin, la bruja sintió sus miradas y volteó rápidamente, llena de vergüenza, y corrió hasta entrar a la mansión.

—De haber sabido que las brujas eran tan sexys, no las habría odiado tanto. Y pensar que le quedan pocos años de vida; quizá deba hacerle sus días más apasionados, jaja —bromeó Bardana.

—¡Cierra la boca! —Leonardo lo tomó de un extremo de la ropa en forma de amenaza.

—¿Qué te sucede? ¿No me digas que el rey prohibió acostarnos con ellas también?

Bardana sonrió burlonamente, había puesto los ojos en la bruja de Misfa, y Leonardo se llenó de rabia al escuchar sus palabras indecorosas contra su amiga. Hizo un ligero gesto de preocupación: era cierto, Alejandro no solo maldijo el vientre de Beatriz, también le restringió sus años de vida. ¿Cuántos años le quedarían a Beatriz? se preguntó Leonardo con angustia.

—No vivirás para siempre... —susurró Leonardo con tristeza, mientras Bardana lo miraba extrañado.

¿Será que Leonardo siente algo por la bruja? se preguntó Johan con una sonrisa en el rostro.

Por fin se acercaba la hora, faltaba poco para que dieran las tres de la mañana. Nuestros amigos se habían preparado para atrapar a ese espíritu maligno. Beatriz y Lía fueron llevadas por Bardana y Leonardo al lago Alcatraz, al río y nuevamente al pantano. Pusieron runas en aquellos lugares para inmovilizar al espíritu y así no perder más tiempo. ¿Podrán nuestros amigos atrapar al demonio antes de que llame la atención?

El amante del pantano de Nil Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora