El corazón de Ginebra se llenó de ira. Las lágrimas empapaban su rostro; decía lo que no quería y hablaba cuando no debía. Sus palabras habían roto el corazón de su padre.
—Se suponía que venía a despedirme, no a irme para siempre... No quise decirle esas cosas, no quería hacerlo llorar. Pero estoy tan herida, que en mi boca solo hay palabras de odio y rencor... —Ginebra es interceptada por Bardos, que ha salido a buscarla.
—¡Ginebra!
—¿Señor Bardos?
—Te he estado buscando. David...
—Ya sé que tuvo un accidente. Lo siento por él —interrumpe ella.
—Ya despertó. Está preguntando por ti.
—Lo siento. No me interesa.
—El golpe le provocó una pérdida de memoria. No recuerda nada del último año. Está histérico, exige verte.
—¿Y su esposa?
—Victoria no lo sabe. Se fue de compras y no ha regresado. Y cuando lo haga, ten por seguro que no permitirá que se vean.
—¡No quiero verlo! ¿Es que no lo entiende?
—¡Te lo ruego! Él cree que lo que pasó con Victoria nunca ocurrió. Está desesperado...
—Por favor, no me ponga en esta situación. No sé qué haría si...
—¡Ginebra! —El tiempo parece detenerse al escuchar la voz que tanto ha querido evitar.
—David...
—¡Hijo! ¿Qué haces aquí? Tienes prohibido levantarte o hacer esfuerzo.
—Necesito hablar con ella —dice David, agitado, buscándola como un loco.
—Tu rostro... —Ginebra lo mira con pena.
—Dime que no es verdad. ¡Dime que esto es una pesadilla!
—Te acostaste con mi hermana. Me traicionaste. Echaste a perder cinco años de relación. La embarazaste, te casaste con ella y ahora esperas un hijo. Te vi hacerle el amor en el viñedo... Me rompiste el corazón y destrozaste mi vida. Así que sí, todo es verdad.
—Soy un maldito desgraciado. Un miserable... ¿Cómo pude hacerte eso? Lo siento tanto. No merezco tu perdón... ¡Maldita sea, yo te amo! —David se echa a llorar.
—¡Deja de decir que me amas! ¡Me partes el alma! —Ginebra llora con profundo dolor—. ¿Qué se supone que haga con todo el amor que te tengo? ¿Dónde lo dejo? ¿Cómo lo entierro? ¡No tienes idea del dolor que estoy sintiendo, maldito cobarde! ¡Estuviste viéndome la cara por un año tú y esa bruja!
—Tienes derecho a odiarme. Te entregaría mi vida con tal de que dejaras de sufrir.
—Debo irme... No puedo seguir escuchándote. Me hace daño.
—Ginebra, te amo.
—¡Ya basta!
—No, no dejaré de decírtelo. ¡Te amo, Ginebra Borgues! ¡Más que a mi vida!
—¡Déjame en paz! —grita ella mientras corre, con David tras ella.
—¡Por favor, detente!
—¡Suéltame! Estoy saliendo con alguien.
—Tú no lo amas...
—¡Me obligaré a amarlo! ¡Seré suya! ¡Y me olvidaré de ti!
—¿Cómo puedes olvidar al amor de tu vida? —David la toma de la cintura y la besa—. Nuestro amor es inquebrantable.
—Te juro... que me olvidaré de ti —dice Ginebra, limpiándose la boca.
—No me daré por vencido.
Ginebra se va, sin saber que alguien los observa desde lejos.
—¡Eres una cualquiera! —Victoria la intercepta, tomándola del cabello.
—¡Victoria!
—¿Ahora quieres ser su amante? ¿Eh?
—¡Suéltame!
—¿Quieres quitármelo? ¡Pues adivina qué, maldita zorra! ¡Ya es mi esposo!
—¡Él no te ama! —grita Ginebra, empujándola.
—¿Vas a quitarle a su padre a mi hijo?
—Ese bebé me importa más de lo que crees.
—¡Aléjate de nosotros! No eres bienvenida en nuestras vidas.
—No tienes vergüenza —grita Ginebra, furiosa.
—¡Te besaste con él, maldita trepadora! —Victoria se lanza a los golpes.
—¡Quítame las manos de encima! ¡No quiero lastimarte!
—Aléjate de David o te vas a arrepentir. Puedo hacer tu vida miserable.
—¿Me estás amenazando?
—Estás advertida. Será mejor que te cuides... No vaya a ser que tu querido novio me elija a mí también. —Victoria ríe con burla.
—¡Eres una basura!
—Adiós, hermanita —se despide lanzándole un beso.
—¡Eres un monstruo! ¡¿Cómo puedes tratarme así?! —grita Ginebra, viendo cómo su hermana se aleja.
Victoria, carcomida por los celos, jura no dejar las cosas así.
—Maldito David... ¿Cómo pudiste ir tras ella? Aunque hayas perdido la memoria, no te perdonaré ese beso. Me las vas a pagar...
Ginebra regresa a la mansión del pantano. Alejandro la espera en la entrada.
—Volviste...
—¿Cómo te atreves? —Alejandro está indignado.
—¿Qué pasa?
—¡Hueles a otro hombre!
—No sé de qué me hablas —dice Ginebra, nerviosa.
—¿Te ha besado tu querido David?
—¿Qué? ¡No! ¡Claro que no!
—¿Además de infiel, eres mentirosa?
—¡Él me besó sin mi consentimiento!
—Lárgate de aquí.
—¿Qué?
—¡No te quiero cerca!
—¿Qué estás diciendo?
—Tu aroma se ha mezclado con el de ese humano, y no soporto el hedor. Así que lárgate.
—¿Por qué te molesta tanto? ¡Ni siquiera eres mi novio de verdad! —Estas palabras hieren el orgullo de Alejandro.
—¡¿No lo entiendes?! Al vincularme contigo, te he entregado todo. Me he hecho uno contigo. ¡Esto es más fuerte que cualquier unión humana!
—Lo siento... no lo sabía.
—Me faltaste al respeto. No toleraré esta traición.
—No sabía lo que significaba para ti ese vínculo... No quería herirte.
—¿Herirme? —Alejandro suelta una risa sarcástica—. Tú no me interesas. Eres insignificante, un simple juego que ya me aburrió. Es más... ¿por qué no te mato ahora mismo? O mejor aún, ¿por qué no mato a tu amado David?
—¡No! No permitiré que lo lastimes. No dejaré que te expongas así.
—¡Lárgate! ¡Apestas a ese hombre!
—¡No te necesito! Eres como todos: abusivo. Tomas lo que quieres de mí y luego me tiras a la basura.
—¡Retírate! —grita Alejandro, echándola de la mansión.
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El amante del pantano de Nil
ParanormaleEl día previo a su boda, Ginebra descubre a su prometido en los brazos de su propia hermana. Devastada y al borde del abismo, se adentra en el pantano de Nil, un lugar envuelto en leyendas y peligro. Buscando la muerte, se entrega a un monstruo oscu...
