El vagabundo se ha desmayado, tiene mucha fiebre. Ginebra pidió ayuda y se lo han llevado a una clínica para atenderlo.
—En otro tiempo no le habría creído ni una sola palabra, pero mis ojos han visto cosas que parecen sacadas de un cuento de terror, por eso sé que no está mintiendo. Debo ir a esa mina y asegurarme de que esas cosas no vuelvan a robar a otro bebé.
Ginebra se dirige al local de Beatriz, sabe que ella es la única que puede ayudarla a detener a esos seres aterradores.
—¡Beatriz! ¡Necesito tu ayuda! —Ginebra entra abruptamente.
—¡Ginebra! Llegas tarde. ¿Dónde estabas? ¿Por qué entras así? Me va a dar un infarto —reclama Beatriz, molesta.
—¿Qué sabes de los duendes?
—¿Qué? ¿A qué viene esa pregunta?
—Creo que ellos son los responsables de las desapariciones de los bebés —Ginebra le cuenta todo.
—¡Ah! Qué problemático será esto —dice Beatriz, malhumorada—. Por lo que me dices, pueden ser duendes o goblins. Su nombre significa "dueños de casa". Es un ser sobrenatural que habita en diferentes lugares. Por lo visto, ellos viven en la mina, son del tamaño de un niño y tienen la cara de un anciano decrépito. Son amantes de lo ajeno y a veces se roban a los niños para quitarles el alma. Esos bastardos son un verdadero fastidio. Te dije que al despertar el rey vampiro, los monstruos lo harían con él.
—¿Hay alguna forma de detenerlos? ¡Debemos impedir que el pueblo sepa de su existencia! —Ginebra está preocupada.
—Hay una manera, pero es muy peligrosa.
—¿Y cuál es?
—Irás a la mina y...
—¡Iremos! —Ginebra la interrumpe.
—¡Ay, ok! —acepta de mala gana.
—Iremos esta noche a la mina, a la medianoche, y les tenderemos una trampa. Conseguiremos un litro de alcohol, un espejo, una baraja, unos dados y unos cigarrillos. Tendremos que esperar a que salgan y jugar con ellos un rato. A esos enanos les gustan las apuestas. Si ganamos, nos devolverán las cosas robadas y con suerte los cuerpos de los bebés. Pero si perdemos... los acabaremos con agua bendita.
—¿Y dónde conseguiremos eso? —pregunta Ginebra, con seriedad.
—Estás en una tienda de ocultismo, mujer. Te daré todo a mitad de precio —sonríe Beatriz, mientras le da un golpe amistoso en el hombro.
—Entonces está decidido: al caer la medianoche iremos en busca de esas cosas.
—Se llaman duendes —susurra Beatriz para hacerla enojar.
Por otro lado, la gente se ha ido. Fernando está con su padre; la situación se ha vuelto preocupante. Por más que la policía ha investigado, no logran dar con los responsables.
—¿Qué vamos a hacer? —Bernardo está preocupado por la situación del pueblo—. La gente está furiosa y lo entiendo. Quieren respuestas, y yo no se las he dado.
—Deja que me haga cargo —Fernando mira a su desesperado padre y decide ayudarlo.
—Hijo, pero...
—Encontraré al culpable antes del fin de semana. Tengo experiencia en esto. Investigaré por mi parte, te prometo que encontraré a los responsables y los haré pagar por sus crímenes.
—Está bien, puedes hacerlo, hijo.
—Gracias, papá. No te voy a defraudar.
Fernando se va y comienza a recaudar información entre la gente. Las mujeres son quienes más lo ponen al día con tal de pasar tiempo con él.
—Me pregunto si ese hombre decía la verdad.
A pesar de que Fernando había tenido una experiencia sobrenatural, se negaba a aceptar que esas criaturas existieran y les tenía un profundo resentimiento. Él no va a permitir que Valle de Cobre crea en historias fantasiosas; él protegerá al pueblo de la maldad.
Mientras tanto, el sol se ha ocultado y una fría noche ha caído sobre Valle de Cobre. Faltan algunos minutos para la medianoche. Ginebra y Beatriz se dirigen a la mina, llevan una capa negra y una canasta con todas las cosas que necesitan para llamar la atención de los hombrecillos arrugados. Ginebra ha ocultado un frasco de agua bendita entre su pecho.
—Llegamos.
—Acomodemos el mantel y preparemos todo.
Beatriz y Ginebra encienden los cigarrillos y sirven alcohol para llamar la atención de los duendes, y comienzan a jugar cartas mientras esperan nerviosas su aparición.
—¿No me digas que tienes miedo? —pregunta Beatriz, temblorosa.
—No... solo tengo frío...
—Viviste con un vampiro, esto no debería ser tan terrorífico —Beatriz mira por todos lados, está muy asustada al igual que Ginebra.
Por otro lado, Fernando ha llegado primero a la mina. Introduciéndose en lo profundo de esta, lleva una lámpara y un rifle, está dispuesto a atrapar a los culpables sin importar las consecuencias.
Mientras tanto, Beatriz y Ginebra están afuera y unas risas escandalosas las asustan.
—¿Qué fue eso? —pregunta Ginebra, temerosa.
—Son ellos...
Uno a uno se acercan como fuertes ráfagas de viento hacia donde están ellas. Sus risas son molestas e insoportables, tienen los ojos amarillos y brillantes, tanto que resaltan en la oscuridad. La luz de la luna alumbra sus rostros arrugados y sus dientes afilados y puntiagudos. Beben el alcohol como si fuera agua y comienzan a fumar los cigarrillos. Ginebra está horrorizada, tiene el cuerpo entumido. Esas criaturas son horribles, espantosas; se nota la maldad en sus rostros. Beatriz se arma de valor y toma la palabra.
—Hagamos una apuesta, quien gane pedirá lo que sea.
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El amante del pantano de Nil
ParanormalEl día previo a su boda, Ginebra descubre a su prometido en los brazos de su propia hermana. Devastada y al borde del abismo, se adentra en el pantano de Nil, un lugar envuelto en leyendas y peligro. Buscando la muerte, se entrega a un monstruo oscu...
