Poco a poco, Ginebra recupera el conocimiento. Un fuerte dolor de cabeza la despierta. No puede mover el cuerpo: está sentada en una silla, atada como una criminal.
—¿Dónde estoy? —pregunta Ginebra, temerosa—. ¿Por qué no puedo moverme? ¿Qué es esto? ¡Déjenme ir! ¡Esto es un error, yo no debería estar aquí! —grita, desesperada.
—Por fin despertó —dice uno de los policías.
—¿Por qué me detienen? ¿Qué crimen he cometido?
—La señora Victoria Landez presentó una denuncia en su contra. En ella asegura que usted es la responsable de la muerte de David Landez.
—¡¿Qué?! ¿Cómo pudo hacerme esto? —pregunta Ginebra, llena de impotencia.
—En el pueblo se rumoran muchas cosas. Dicen que usted estalló de celos el día que se enteró de que David Landez la engañaba con su hermana... y que intentó apuñalarlos cuando los encontró teniendo relaciones sexuales.
—¡Eso no es verdad!
—¿No es verdad que la engañaron?
Ginebra guarda silencio, apenada.
—¿Cómo pudo asesinar al esposo de su propia hermana? ¿Dónde estaba la noche que el señor David murió?
—Yo...
—En medio de la noche, usted salió de la posada donde se hospedaba. Decidió sorprender al señor Landez... y lo mató a sangre fría.
—¡No! ¡Yo jamás...!
—Estaba furiosa de que le hubieran visto la cara y de que su prometido la dejara por una mujer más hermosa y...
—¡Ya fue suficiente! —interrumpe el superior, tajante.
—¡Señor! —responden los oficiales, intimidados.
—¿Cómo se les ocurre arrestar a una mujer sin pruebas?
—Es sospechosa, señor...
—¡Cállense! ¡Largo de aquí! ¡Están suspendidos! Rueguen a Dios que la señorita Borgues no levante una demanda en su contra por agresión.
—Pero, señor...
—¡Desátenla, rápido!
—¿Se encuentra bien? Permita que un médico revise su herida.
—Solo quiero irme a casa —dice Ginebra, desgastada.
Bardos entra apresurado, preocupado por el bienestar y la integridad de Ginebra.
—¡Dios mío, Ginebra...! —exclama, conmovido.
—Señor Bardos...
—En cuanto supe lo que había pasado, vine corriendo a detener esta infamia.
—Tiene que creerme... yo no maté a David. Jamás lo hubiera lastimado. ¡Yo lo amaba!
Ginebra rompe en llanto.
—Lo sé. Amabas a mi hijo más de lo que puedo imaginar. Lamento todo por lo que has tenido que pasar... no es justo —dice Bardos, abrazándola.
—Lo extraño mucho...
—Yo también, hija...
Ginebra alza un poco la mirada y ve a Victoria parada en la puerta.
—Victoria... —exclama, indignada.
—Espero que no hayas mentido en tu declaración —dice Victoria, molesta.
Bardos la confronta, lleno de rabia.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo te atreves a culpar a tu hermana de algo tan grave? ¡Pudieron haberla ejecutado por tu culpa!
—¡Mi deber es encontrar al culpable de la muerte de mi esposo, sin importar quién sea!
—¡Es tu hermana, por Dios!
—Victoria tiene razón —dice Ginebra, poniéndose frente a su hermana con actitud retadora—. Yo también encontraré al culpable... sin tocarme el corazón.
—¡Espera, Ginebra! ¿Adónde vas?
—¿Por qué no está de mi lado? —pregunta Victoria, enojada—. ¡Usted es mi suegro! ¡Es el abuelo de mi hijo! ¡Ginebra no es tan inocente como cree! ¡Te desconozco, mujer! ¡En tus venas no corre sangre, sino hiel!
El frío sacude la tarde. El viento sopla sin piedad, calándose en los huesos, enfriando los pies de Ginebra.
—Ya nada tiene sentido. Todo está perdido. Mi propia hermana me ha llenado de llagas el corazón. Mi propia sangre me ha entregado al sepulcro. Pero juro por mi vida que encontraré al culpable de tu muerte. Yo te vengaré... y no me tocaré el corazón. Si resulta que fue Victoria... lo pagará.
La niebla se apodera de las calles. Ginebra se dirige al bosque... y se da cuenta de que alguien la sigue.
—¿Quién anda ahí? ¡Sal de donde quiera que estés! ¡Te advierto que estoy armada! —grita con voz temblorosa. Unas risas se escuchan al fondo.
—Tranquila, muñeca... somos nosotros, tus amigos policías.
—¿Qué quieren? ¡Ya vieron que soy inocente!
—Por tu culpa nos despidieron, y eso no nos hace muy felices. Además, tu hermana nos pidió darte tu merecido. Nos pagó muy bien. Te aseguro que haremos nuestro mayor esfuerzo para complacerla.
—¡Aléjense de mí o comenzaré a gritar!
—Grita todo lo que quieras. Nadie podrá escucharte.
Los hombres se abalanzan contra Ginebra y comienzan a desvestirla.
—¡No! ¡No me toquen! ¡Suéltenme! ¡Auxilio! ¡Por favor, no me lastimen! —Ginebra comienza a llorar. Los hombres la tocan contra su voluntad y la besan por todas partes. La golpean hasta el cansancio, burlándose de ella. Están decididos a complacer sus fantasías con su cuerpo. Se ha convertido en su juguete. Antes de rendirse a causa de la fatiga, grita con todas sus fuerzas:
—¡Alejandro!
—¡Que te calles, zorra! —grita uno, mientras la golpean, haciéndole sangrar la nariz y la boca—. Se nota que eres virgen. Mi amigo y yo te haremos el favor de convertirte en mujer, ¡jajaja! Ya era hora, ¿no crees?
—Alejandro... —susurra Ginebra, a punto de rendirse. Parece que nadie vendrá a rescatarla. O al menos eso creía.
De pronto, uno de los hombres desaparece justo frente a sus ojos. Algo se lo ha llevado. Los gritos desgarradores invaden el bosque, y su compañero se llena de temor.
—¿Qué fue eso? ¿Qué diablos está pasando? —pregunta, lleno de miedo.
Una criatura infernal ha llegado al bosque. Está llena de ira, completamente desquiciada. Sus ojos son como brasas ardientes, y su velocidad y fuerza son de otro mundo.
Es Alejandro... y no descansará hasta asesinarlos.
—¡¿Quién anda ahí?! ¡¿Quién eres?! ¡Por favor, no me mates!
En un abrir y cerrar de ojos, el último policía fue degollado. Los agresores de Ginebra fueron asesinados salvajemente. El vampiro jadea, lleno de adrenalina, atrapado entre el frenesí y la ira. Es una bestia sedienta de sangre y venganza. Ha desmembrado los cuerpos de sus enemigos y está tan enojado que destroza los árboles como si fueran de papel.
—Por favor... detente —suplicó Ginebra, arrastrándose. Como puede, toca el pie de Alejandro. Esa simple acción lo hace reaccionar. La ve: semidesnuda, herida, sin fuerzas para levantarse.
Él se quita la camisa y cubre su torso. La toma en brazos... y la lleva a la mansión.
Por alguna razón que no busca comprender, Ginebra siente paz... en los brazos del monstruo del pantano de Nil.
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El amante del pantano de Nil
ÜbernatürlichesEl día previo a su boda, Ginebra descubre a su prometido en los brazos de su propia hermana. Devastada y al borde del abismo, se adentra en el pantano de Nil, un lugar envuelto en leyendas y peligro. Buscando la muerte, se entrega a un monstruo oscu...
