Heridas abiertas

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Hoy, Ginebra ha limpiado el local de Beatriz, dejándolo irreconocible; ahora parece un lugar decente. De repente, alguien llama a la puerta.

—En un momento llega la dueña y... —Ginebra se estremece al ver que el cliente no es otro que su padre.

—¿Hija? —Víctor está desconcertado.

—Padre, ¿qué haces aquí?

—¡Tu hermana está a punto de dar a luz!

—¿Qué?

—Tu madre solicitó los servicios de esta mujer para bendecir el vientre de Victoria antes de que el bebé llegue a este mundo.

—Ella no se encuentra, pero... —Beatriz los interrumpe al entrar abruptamente al local.

—¿Qué se le ofrece?

—Mi nombre es Víctor Borgues, padre de Ginebra y...

—Sé quién es, ¿en qué lo puedo ayudar?

—Mi hija Victoria dará a luz a su primer hijo, necesita sus servicios antes del nacimiento.

—¿Y qué es lo que quiere? ¿Que yo reciba al bebé? —dice Beatriz en un tono grosero.

—No, un doctor estará ahí para ayudarla a parir. Queremos que purifique el ambiente y llene de buena energía a la criatura, que tiene un posible diagnóstico de nacer con alguna discapacidad.

—Yo no hago milagros, no puedo impedir que el bebé nazca con algún problema. Lo único que puedo hacer es purificar el lugar y al niño en cuanto nazca.

—¿Cree que pueda acompañarme?

—¡Yo iré con ustedes! —Ginebra se arma de valor y decide acompañar a Beatriz.

—¿Qué? ¿Estás segura?

—Hija, tú siempre serás bienvenida —Víctor sonríe esperanzado.

—No lo hago por Victoria, sino por el bebé que viene en camino. Él no tiene la culpa de nada, además... es el hijo de David.

—Claro... después de todo, él lleva tu sangre.

—Muy bien, Ginebra viene con nosotros. ¿Puede adelantarse un poco? Enseguida lo alcanzamos.

—He... claro, no tarden por favor —dice Víctor incómodo.

—¿Qué pasa? —Ginebra está intrigada por la actitud de Beatriz.

—Permitiré que me acompañes, pero no podrás ayudarme en la purificación. Tienes el alma atada a una criatura oscura; podrías maldecir al bebé si participas en la ceremonia.

—Gracias por decírmelo, lo que menos quiero es perjudicarlo.

Ginebra sigue a Beatriz y, en algún tramo, alcanza a su padre, quien la mira con tristeza y añoranza.

—¿Cómo has estado, hija? Te ves un poco pálida, ¿has estado comiendo bien?

—Estoy bien... ¿y tú cómo estás? —pregunta Ginebra triste.

—Extrañándote cada día. Me pregunto cuándo vas a perdonarme.

—Padre, lo que pasó es algo que no... —De repente, Selene se les cruza en el camino y les trae una noticia.

—¡Señor Víctor! Deben apresurarse, el bebé está a punto de nacer, la señora Victoria ya está en trabajo de parto.

—¡Démonos prisa, por favor!

—Recuerda lo que te dije, Ginebra. —Beatriz mira fijamente a Ginebra y luego se marcha con Víctor y Selene.

Mientras ellos se adelantan, el dolor le impide a Ginebra entrar en la mansión Landez. Han pasado seis meses desde que David dejó este mundo, pero para Ginebra el tiempo no pasa. La vida le arrebató al dueño de su corazón, el hombre del que se había enamorado desde que era una niña.

—Estar aquí me parte el corazón, todo me recuerda a él: el jardín, la fuente, el arco de flores. Aún recuerdo la primera vez que lo vi; él tenía dieciséis años, un joven rico que había llegado tras estudiar en el extranjero. A su corta edad comenzó a hacerse cargo de los negocios de su padre. Era inteligente, caballeroso y encantador. Todas las muchachas del pueblo suspiraban por él y, al parecer, Victoria fue una de ellas. Yo solo tenía catorce años y, desde el momento en que crucé la mirada con él, supe que lo amaría por el resto de mi vida. Su nombre era David Landez, hijo único de una de las familias más importantes de Valle de Cobre, y en un soleado día de febrero me declaró su amor. No entendía cómo el joven más codiciado del pueblo se había fijado en mí, la chica del pecho plano, la menor de la casa Borgues. Pero nos juramos amor eterno y me prometió que algún día se casaría conmigo.

Pero esta historia no tuvo un final feliz. Él no cumplió con su palabra, marchitó mi corazón traicionándome con mi propia hermana, y el día que lo asesinaron, terminó llevándome con él a la tumba. Pero eso no es lo que más me duele; sigo amando al hombre que me traicionó. Estoy enamorada de un muerto, asesinado por mi única hermana.

Ginebra observa la mansión, las lágrimas caen de sus ojos mientras su corazón se hace pedazos. Sube con cuidado las escaleras que la llevarán a la habitación que un día fue de David, pero los gritos desgarradores de Victoria la desconciertan: su hermana está dando a luz a su hijo.

—Victoria...

Ginebra se apresura y se dirige a la habitación, abre la puerta con cuidado y ve a Victoria pujando con fuerza mientras sus padres le sostienen las manos. Beatriz y Bardos miran desde el otro extremo.

—¡Puje con más fuerza! —insiste Gerardo.

—¡No puedo! ¡Me duele mucho!

—¡Necesito que haga un último esfuerzo!

—¡Estoy muy cansada! ¡No puedo más! —Victoria está bañada en sudor, el dolor la está matando.

—Vamos, hija, hazlo por tu bebé. —Víctor acaricia la mano de su hija, pero ella grita furiosa.

—¡Dejen de pensar en el bebé! ¡Me estoy muriendo de dolor!

—Escucha a tu padre, Victoria, el dolor pasará pronto —dice Verónica preocupada.

—¡Ya sáquenmelo! ¡Hagan lo que tengan que hacer! ¡No soporto el dolor!

—¡Una vez más! ¡Puje una vez más! ¡Puedo ver su cabeza! —El doctor alienta a Victoria a dar un último esfuerzo y ella grita con todas sus fuerzas.

—¡Ya nació, hija! ¡Ya nació!

Verónica festeja el nacimiento de su nieto, pero el doctor Gerardo tiene el rostro serio y mueve la cabeza en señal de malestar.

—¿Qué pasa, Gerardo? ¿Qué tiene mi nieto? —pregunta Víctor, lleno de angustia.

El amante del pantano de Nil Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora