Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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El sol de la tarde se filtraba entre las hojas del roble, proyectando sombras danzantes sobre el suelo. Yo me había refugiado allí, rodeada de almohadas y cojines de terciopelo, un pequeño lujo que hacía más llevadera la obligación de pasar tiempo en el exterior. Tenía entre manos un libro de historias antiguas, sus páginas gastadas y su aroma a pergamino añejo me ofrecían una distracción que, al menos por unos momentos, me alejaba de mis responsabilidades. Pero no estaba sola. Rhaella, mi pequeña hija de apenas cinco meses, yacía a mi lado, mirándome con esos ojos curiosos que tanto me recordaban a su padre.
De pronto, un grito agudo rompió la calma del lugar. Al principio lo ignoré, sumida en las palabras de los héroes de antaño, pero el segundo grito me sacó de mi lectura. Bajé el libro con un suspiro, encontrando a Rhaella mirándome con una expresión tan intensa, que por un momento pensé que sería capaz de hablar.
- ¿Y qué es lo que quieres, pequeña? -le pregunté, sin verdadera dureza en la voz, más con la resignación de quien sabe que no obtendrá respuesta.
Rhaella soltó una risita, un sonido alegre y burbujeante que, a pesar de mis esfuerzos por mantener la seriedad, logró arrancarme una sonrisa. Ella era tan... genuina, una criatura tan pura y sencilla, que a veces me resultaba imposible comprenderla.
- Eres horriblemente tierna -murmuré, como si ese fuera un castigo en lugar de un halago, mientras me inclinaba para acariciar su suave cabello plateado. Ella respondió moviendo sus pequeñas manos hacia mí, como si quisiera aferrarse a algo que solo ella conocía.
Me acomodé de nuevo, tratando de recuperar mi lugar entre las líneas del libro, pero apenas había pasado una página cuando Rhaella estalló en llanto, con ese sonido agudo y desesperado que parecía retumbar entre los árboles. Dejé el libro a un lado con un movimiento decidido y la levanté con cuidado, sosteniéndola contra mi pecho. Nunca pensé que el llanto de un bebé pudiera llegar a ser tan penetrante, y menos aún que fuera capaz de hacer que mi propio corazón se apretara de aquella forma.
- Tranquila, pequeña... -murmuré, moviéndome lentamente de un lado a otro, como había visto hacer a las amas de cría en la corte. Mi tono era suave, y en esa intimidad, en medio del jardín, lejos de las miradas de todos, me permití mostrar una ternura que no solía dejar salir. Rhaella se fue calmando, aunque su carita todavía estaba húmeda por las lágrimas, y se acurrucó contra mí, su respiración volviéndose un murmullo tranquilo.