Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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El sol de la tarde se filtraba por los amplios ventanales de la cámara privada, iluminando con su dorado resplandor las paredes cubiertas de tapices antiguos. En el centro de la habitación, sobre un asiento de piel ricamente trabajado, Visenya Velaryon, la reina, peinaba con delicadeza los largos mechones oscuros de su hija menor, la pequeña Visenya, a quien llamaba con cariño “Mi estrellita”. La niña, sentada en el suelo sobre una almohada de suave terciopelo, jugaba distraída con sus diminutas manos, retorciendo una cinta de seda entre los dedos.
La reina deslizaba el peine de plata con movimientos cuidadosos, sus propios pensamientos alejándose momentáneamente de los asuntos del reino. Cada hebra que trenzaba le recordaba el milagro que tenía ante sus ojos. Su pequeña Visenya, nacida tan frágil, tan diminuta, que los propios maestres temieron que no llegara a vivir más de un mes. Sin embargo, allí estaba, con sus ojos brillantes y su risa cristalina, un alma vivaz que llenaba su corazón de un amor inquebrantable.
——Mamá, ¿por qué tú y papá no tuvieron más hijos? —preguntó la niña de repente, girando apenas la cabeza para mirar a su madre.
La pregunta tomó a Visenya por sorpresa, y una suave risa escapó de sus labios. Sus dedos siguieron trabajando en la trenza, mientras respondía con voz serena. —¿Más hijos, pequeña estrellita? Ya tenemos muchos, demasiados quizá. —Hizo una pausa, y añadió con dulzura—. Tu padre y yo queremos dedicar más tiempo a nosotros mismos, ahora que ustedes, mis pequeños, están creciendo.
La niña frunció ligeramente el ceño, como si no estuviera del todo convencida con la respuesta. —Pero yo soy pequeña aún —insistió, girándose un poco más y fijando sus grandes ojos en los de su madre—. Tú y papá podrían tener otro bebé para que juegue conmigo.
Visenya sonrió, inclinándose hacia adelante para besar la frente de su hija. —Tú fuiste el último regalo que nos dio la vida, y el más especial. No necesitamos más. —Le acarició la mejilla con ternura—. Además, ya tienes a tus hermanos y hermanas para jugar.
La niña hizo un puchero encantador y volvió a juguetear con la cinta de seda, sus pequeñas manos inquietas. —Pero ellos son mayores y siempre están ocupados. Nymeris siempre lee, Rhaelys solo piensa en el baile, y Vaenyra no quiere jugar conmigo.