Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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A la mierda los horarios.
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Desde la alta ventana del salón real, Visenya observaba a su esposo, Jacaerys, sentado en el trono de hierro. La gran sala estaba colmada de plebeyos que acudían en busca de justicia, con sus voces alzándose en un murmullo constante que resonaba como una marea distante. Jacaerys los atendía con la calma y el juicio propio de un rey, su porte majestuoso envuelto en el manto oscuro que portaba con dignidad. La luz que entraba a través de los ventanales se derramaba sobre él, haciendo brillar su cabello plateado como si fuese una corona de llamas pálidas.
Visenya lo contemplaba en silencio, con una mezcla de admiración y un peso sutil en el pecho. Ser reina no era un destino al que una mujer pudiera llegar sin sacrificios. Y aún así, allí estaba ella, a su lado, enfrentando juntos el peso del trono y del reino.
Unos pasos ligeros tras ella la devolvieron a la realidad. No necesitó girarse para saber quién se acercaba. Con voz suave, cargada de intenciones ocultas, habló primero:
——El barco a Marcaderiva partió esta mañana. Qué raro que no estés en él… Supongo que tu hijo Vaemond debe estar extrañándote.
Baela apareció a su lado, sonriendo con esa expresión que Visenya siempre había detestado: una mezcla de fingida amabilidad y desafío oculto.
—Se ve magnífico, ¿verdad? —dijo Baela, señalando con la mirada al rey sentado en el trono.
Visenya no respondió, limitándose a desviar su atención nuevamente hacia Jacaerys. No valía la pena regalarle palabras a quien no las merecía. Pero Baela continuó, su tono ahora más suave, casi como si estuviera tendiendo una trampa.
—Tus hijos son bellos. Rhaella es una joven encantadora… Ya verás que en unos días toda tu mesa estará llena de cartas de hombres que querrán casarse con ella.
Visenya sintió cómo sus labios se curvaban en una leve sonrisa que no alcanzó a sus ojos. Se volvió lentamente hacia Baela y, con voz firme, respondió:
—No obligaré a que se case. Si ella quiere hacerlo, será por su voluntad, no por la mía.