Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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El viento helado cortaba las alturas mientras los dragones se ocultaban entre las sombras de la colina. La luna iluminaba tenuemente el paisaje, reflejándose en las olas que rompían contra los barcos de la Triarquía. Desde su posición elevada, los jinetes observaban en silencio, sus corazones latiendo al unísono con la expectativa de la batalla que se avecinaba.
Visenya sostenía las riendas de Caníbal con fuerza, sus manos temblando ligeramente por la mezcla de adrenalina y temor. Jacaerys estaba a su lado, su mirada fija en el telescopio que sostenía, analizando cada detalle de la flota enemiga. Su silueta era firme, imponente, pero Visenya sabía leer los pequeños gestos en él: la rigidez de sus hombros, la forma en que su mandíbula se tensaba. Él también estaba nervioso, aunque no lo admitiera.
——¿Qué ves? —preguntó Visenya en voz baja, inclinándose hacia él.
Jacaerys no apartó la vista del telescopio.
—Más de ochenta barcos, como nos informaron. —Su voz era grave, cargada de preocupación—. Están bien organizados... y hay escorpiones en al menos la mitad de las naves.
Visenya frunció el ceño. Sabía lo que significaban esos escorpiones. Los hombres de la Triarquía ya habían enfrentado dragones antes, y no eran tontos. Estaban preparados.
—¿Crees que podremos...? —comenzó a decir, pero Jacaerys la interrumpió suavemente.
—Podremos. —Finalmente apartó el telescopio y la miró, su expresión grave pero decidida—. Pero necesitamos ser rápidos. Atacaremos primero, tú y yo. Nuestra tarea es deshacernos de esos malditos escorpiones antes de que puedan reaccionar.
Visenya asintió, aunque su corazón martilleaba en su pecho.
—Entendido.
Jacaerys extendió una mano hacia ella, tocando su mejilla con suavidad.
—Confío en ti, Vis. Siempre he confiado en ti. —Sus palabras eran un ancla en medio de la tormenta de su mente—. Recuerda lo que te pedí antes: no te acerques demasiado a los barcos. Usa el fuego desde las alturas.
Ella asintió de nuevo, sus ojos ardiendo con determinación.
—Lo haré. Pero tú también ten cuidado. No puedo perderte, Jace.
Él le dedicó una leve sonrisa, una que parecía cargar con el peso de todo lo que no podía decir.
—No me perderás. Te lo prometí, ¿no?
Con un último asentimiento, Jacaerys se volvió hacia los otros jinetes que esperaban detrás de ellos, las siluetas de sus dragones apenas visibles en la penumbra. Levantó una mano y dio una señal, indicando que se prepararan.
—Cuando suene la trompeta, será su turno —les explicó en voz baja pero firme—. Pero hasta entonces, esperen. Manténganse fuera de vista.
Los otros jinetes asintieron, tensos pero listos. Visenya observó a los hombres y mujeres que confiaban en ellos para liderar este ataque. Sabía que muchos no regresarían, pero también sabía que no había otra opción.