Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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El sol comenzaba a descender en el horizonte, pintando el cielo con tonos de oro y carmesí. El jardín de Rocadragón estaba iluminado con antorchas y candelabros que proyectaban sombras danzantes sobre los antiguos árboles y flores de colores intensos. El aire estaba impregnado del aroma a sal del mar y del perfume dulce de las flores que adornaban el altar.
Visenya permanecía de pie, envuelta en una túnica de seda plateada que reflejaba la luz del fuego como escamas de un dragón. Su cabello, cuidadosamente trenzado con hilos de oro, caía como un río brillante sobre su espalda. Frente a ella, Jacaerys lucía igual de majestuoso, con una capa roja como la sangre de un dragón y un emblema de la Casa Targaryen sobre su pecho. Sus ojos oscuros estaban fijos en los de ella, llenos de una intensidad que le hizo olvidar por un instante la guerra, los peligros y todo lo demás que no fueran ellos dos.
El septón, vestido con túnicas de rojo y negro en honor a la Casa del Dragón, alzó las manos al cielo mientras comenzaba a hablar en alto valyrio. Su voz era solemne y poderosa, como si las antiguas palabras convocaran a los mismos dioses de Valyria para presenciar el matrimonio.
——Bienvenidos todos, hoy somos testigos. La sangre es el fuego que une este juramento.
Las palabras resonaban como un cántico sagrado mientras Visenya mantenía su mirada fija en Jacaerys. Cada sílaba parecía vibrar entre ellos, como si los antiguos dragones de Valyria les estuvieran bendiciendo desde el cielo.
El septón extendió una daga ceremonial hacia ella, la hoja curva y brillante, adornada con rubíes que reflejaban la luz. Visenya tomó la daga con ambas manos, su piel tocando el frío metal, y sin dudarlo cortó la palma de su mano izquierda. El dolor era mínimo, apenas una punzada, pero el significado era inmenso. La sangre roja comenzó a fluir, caliente y viva, mientras extendía su mano hacia Jacaerys.
Él tomó la daga y repitió el acto, sus ojos sin apartarse ni un instante de los de ella. Cuando la sangre brotó de su mano, unió su palma con la de Visenya, y ambos sintieron el calor de sus sangres mezclándose, sellando un juramento más antiguo que los Siete.
El septón tomó un cáliz de vino oscuro, ofreciéndolo primero a Visenya, quien bebió profundamente, saboreando el dulzor mezclado con el hierro de la sangre. Luego, Jacaerys tomó el cáliz y bebió, sus labios dejando una huella carmesí en el borde.