Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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La tarde caía sobre la Fortaleza Roja, bañando las torres y murallas en un resplandor rojizo, cuando el rugido desgarrador de una bestia rompió la quietud del aire. Los habitantes alzaron la vista, aterrados, mientras la sombra de un dragón herido oscurecía los cielos. Caníbal.
Las campanas resonaron como advertencia, y los soldados se apresuraron a ocupar sus posiciones. Los escorpiones, enormes y letales, fueron alineados a lo largo de las murallas, sus puntas brillando con intención mortal. Criston Cole, siempre implacable, lideraba a los hombres con la frialdad que lo caracterizaba.
——Prepare los escorpiones —ordenó, su voz cortando el aire como un cuchillo—. No podemos permitir que esa bestia nos mate a todos.
Erryk, de pie entre los hombres, observaba la escena con el ceño fruncido. Había algo extraño en el comportamiento del dragón. Caníbal no parecía atacar; su vuelo era errático, desesperado, como si el mismo cielo lo rechazara. Al acercarse, Erryk vio las heridas abiertas en sus escamas, la sangre goteando sobre los campos como lluvia carmesí.
—¡Erryk! —gritó un soldado desde las almenas—. ¡Está descendiendo!
Erryk alzó la mirada, y fue entonces cuando lo vio. Una figura encorvada sobre el lomo del dragón. Era pequeña, casi insignificante en comparación con la bestia, pero el viento levantaba mechones de cabello plateado que relucían como lunas bajo la luz moribunda. Su corazón dio un vuelco.
—¡Alto! —rugió, alzando una mano hacia los soldados que ajustaban las cuerdas de los escorpiones—. ¡No disparen!
Criston giró hacia él, sus ojos fulminantes.
—¿Estás loco? —exigió—. Esa cosa puede destruir la ciudad. ¡Dale la orden de disparar!
Erryk lo enfrentó, su voz firme a pesar del nudo en su garganta.
—Hay alguien en el lomo del dragón —dijo.
Criston bufó, incrédulo.
—¿Y qué importa eso? ¡Sea quien sea, está muerto! No podemos arriesgarnos.
Antes de que Erryk pudiera responder, Criston alzó un brazo para dar la orden. La rabia nubló la visión de Erryk, y sin pensarlo, lanzó un puño directo al rostro del caballero. El impacto resonó, y Criston cayó al suelo, atónito.
—¡He dicho que no disparen! —bramó Erryk, girando hacia los soldados—. Si alguien suelta una flecha, será ejecutado en el acto.
El silencio cayó sobre las murallas, roto solo por los jadeos del dragón que ahora descendía lentamente. Erryk tomó la delantera, ordenando a un grupo de guardias que lo acompañaran.
—Vengan conmigo. Vamos a ver quién monta a esa bestia.
Los hombres obedecieron, aunque sus rostros reflejaban el miedo que los embargaba. A medida que el dragón se acercaba a la entrada de la fortaleza, su figura majestuosa se volvía más imponente y aterradora. Erryk no podía apartar la vista de la silueta que, tambaleante, seguía sobre el lomo. Había algo en ella, algo que lo hacía sentir como si estuviera a punto de enfrentar a un fantasma.