Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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Arryk sonrió, pero no era una sonrisa de burla ni de victoria. Era una mueca torcida, un gesto que destilaba desprecio y desafío, como si el peligro que lo rodeaba no fuera más que un juego al que había decidido apostar. Con rapidez, su mano atrapó a Rhaella, quien despertó con un grito ahogado, sus pequeños ojos llenos de miedo. Antes de que pudiera emitir un sonido más fuerte, la fría hoja de la daga descansaba contra la delicada piel de su cuello.
——Un paso más, y la niña muere —advirtió Arryk, su voz ronca y cargada de amenaza.
La habitación quedó en completo silencio. El fuego en la chimenea crepitaba, lanzando sombras grotescas en las paredes. Visenya no se movió, pero su pecho subía y bajaba con fuerza, como si luchara por contener una tormenta dentro de sí misma.
Sus ojos se fijaron en los de Arryk, sin parpadear, como un depredador acechando a su presa. Dio un paso hacia adelante, lento y deliberado, cada movimiento calculado como el filo de una espada que corta el aire.
—Dije que te detuvieras —gruñó Arryk, apretando la daga contra el cuello de Rhaella, quien emitió un sollozo débil, temblando en sus brazos.
Visenya inclinó la cabeza, como si estuviera evaluando la situación, pero su voz salió fría y serena, cargada de un poder oscuro y contenido.
—Y yo dije… —pausó, dejando que sus palabras flotaran en el aire como un presagio— que arderás por esto.
En ese instante, algo en la atmósfera cambió. Las llamas de la chimenea, que hasta entonces habían ardido tranquilamente, comenzaron a crecer, como si respondieran a un llamado silencioso. Se alzaron con furia, serpenteando como dragones en miniatura, proyectando una luz infernal que iluminó cada rincón de la habitación.
Arryk miró hacia las llamas, y por primera vez, el terror se apoderó de su rostro. Retrocedió un paso, pero no soltó a Rhaella, usando su pequeño cuerpo como escudo.
—Aléjate… ¡Aléjate o la mato! —gritó, su voz ahora cargada de desesperación.
Visenya avanzó un paso más, sin apartar la mirada de él. Su semblante no mostraba miedo, solo una calma perturbadora que helaba incluso más que el fuego que danzaba detrás de ella.
—¿De verdad crees que tienes el control aquí? —susurró, su tono gélido contrastando con el calor que empezaba a llenar la habitación.
Arryk quiso responder, pero no tuvo tiempo. Las llamas, como si hubieran recibido una orden silenciosa, se lanzaron hacia él. Una lengua de fuego lo alcanzó primero en el rostro, seguida por un torrente abrasador que lo envolvió por completo. Su grito de dolor llenó la habitación, un sonido desgarrador que parecía desgarrar incluso las paredes de piedra.