Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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La tensión entre nosotros crecía con cada palabra, cada roce. La música del baile se sentía lejana, casi como un eco distante mientras él me sostenía firmemente. La atracción era palpable, y sabía que estaba al borde de una explosión.
—¿Sabes qué es lo peor? —dije, sonriendo con desdén—. Que por más que trates de hacerte el duro, no puedes ocultar lo mucho que te excita esto. Te gusta que te provoque, Jacaerys.
Fue como si hubiera encendido una chispa. La ira y el deseo se cruzaron en su mirada de forma explosiva. Sin previo aviso, me tomó de la cintura y, en un movimiento rápido, me arrastró fuera del salón de baile, ignorando las miradas curiosas que nos seguían. La adrenalina corría por mis venas, y no podía evitar sentirme emocionada mientras avanzábamos, sabiendo que me llevaba a un lugar donde nadie podría interrumpirnos.
Nos detuvimos en la biblioteca, un refugio oscuro y silencioso, y él cerró la puerta tras de nosotros con un golpe seco. El aire en la habitación se volvió pesado, lleno de esa tensión inconfundible que se cernía sobre nosotros.
Jacaerys me miró, sus ojos ardían con una mezcla de deseo y frustración. No había palabras, solo esa mirada que prometía tanto. Me senté en la mesa, sintiendo el frío de la madera contra mi piel. Sin pensar, me desabroché un hilo de mi vestido, dejando que el tejido se deslizara un poco más bajo, revelando una pequeña parte de lo que ocultaba. El gesto fue provocativo, un desafío que sabía que no podía resistir.
—Eres insoportable —masculló, su voz tan baja que apenas era un susurro, pero la frustración era evidente en su tono. Sabía que lo había llevado al límite, y había algo en su expresión que me hizo sentir poderosa, aunque también un poco asustada. Era un juego peligroso, pero no podía dar marcha atrás ahora.
Sin previo aviso, se acercó a mí, su cuerpo casi contra el mío, y de repente todo lo que había estado acumulándose entre nosotros estalló. En un movimiento rápido, tomó mi rostro entre sus manos y me besó. Fue un beso feroz, lleno de la desesperación que había estado reprimida. Sus labios se movieron contra los míos con una intensidad que me robó el aliento, y cada segundo se sintió como si el mundo hubiera desaparecido, dejando solo a los dos.