Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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Me enfrenté a mi reflejo en el espejo, el rostro pálido y los ojos rojos e hinchados por la ira y el dolor. Cada rincón de mi ser gritaba en contra de esta boda, de la farsa que estaba a punto de presenciar. Había pasado toda la mañana negándome a ir, negándome a participar en esta pantomima. Pero a medida que el día avanzaba, una voz en mi interior me empujó a enfrentar aquello que quería evitar a toda costa.
Tomé el vestido que había elegido ——negro como la noche, con detalles en rojo carmesí que resplandecían bajo la luz de las velas——, y lo deslicé sobre mi piel, como si fuese una armadura en lugar de seda. Trencé mi cabello en múltiples hilos, entrelazándolos con cintas de tonos oscuros, casi como si estuviera preparándome para una batalla en lugar de una boda. El rojo y negro del vestido eran como los colores de una herida abierta, una marca de mi propia furia que no pensaba esconder.
Con cada paso hacia el salón, el peso de mi resentimiento y tristeza se hacía más tangible. Las puertas se abrieron ante mí, revelando el bullicio de los nobles reunidos, las mesas engalanadas, y en el centro, el altar donde pronto se pronunciarían los votos. Sentí cómo el silencio se expandía en la sala al cruzar el umbral; cada par de ojos se fijó en mí, susurrando entre ellos mientras avanzaba, sin apartar la mirada del lugar donde Rhaenyra se encontraba, pronunciando un discurso con tono solemne.
Mi entrada la interrumpió. Un murmullo recorrió el salón, y aunque noté la leve rigidez en la postura de mi madre, ella no se atrevió a girarse. Como la reina que era, mantuvo la compostura, esperando a que me acomodara para continuar. Pero yo no tenía prisa. Observé el rostro de cada uno de los presentes, dejando que notaran la ira en mis ojos, la misma que había pasado noches enteras llorando hasta dejarlos enrojecidos y secos.
Finalmente, mis ojos se posaron en ellos: Baela y Jacaerys. La furia y la tristeza se agolparon en mi pecho al verlos juntos, sus manos entrelazadas como un símbolo de todo lo que me estaban arrebatando. No había amor en los ojos de Jacaerys, lo sabía bien, pero eso no calmaba el ardor en mi corazón. Él, mi esposo, se había rendido tan fácilmente. Me estaba traicionando al aceptar esta unión sin una palabra de protesta, como si lo nuestro no mereciera la menor resistencia.