Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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El resplandor de las velas hacía temblar las sombras en la habitación de piedra, alargándolas en las paredes como espectros vigilantes. Visenya estaba de pie frente al espejo alto de marfil y cristal bruñido, ajustando las hebillas de su armadura. La luz dorada se reflejaba en el metal oscuro que cubría su cuerpo, como si la noche misma se hubiera forjado en placas de acero para vestirla.
Cada pieza encajaba con precisión, cada cinturón, cada guantelete era una extensión de su voluntad. No había temblor en sus manos, ni duda en su semblante. Solo la fría determinación de la venganza.
——Déjame pelear en tu lugar.
La voz grave de Balekin cortó el aire como un cuchillo. Su hijo mayor estaba de pie en la penumbra, con los brazos cruzados sobre su pecho y la mandíbula apretada. Sus ojos, tan oscuros como los de su padre, ardían con una intensidad peligrosa.
Visenya no se giró de inmediato. Terminó de sujetar la última correa antes de mirarlo.
—No.
—Madre...
—He dicho que no.
Balekin avanzó un paso, su silueta imponente bajo la luz parpadeante de las velas.
—Ese hombre asesinó a mis hermanas. Permitirme hacer justicia es lo mínimo que puedes darme.
Sus palabras estaban teñidas de ira, pero también de algo más profundo: dolor. Un dolor que Visenya conocía demasiado bien.
—No es tu derecho. Es el mío.
—¡Soy tu hijo se pelear bien!
—Y yo soy la reina —su voz fue dura como el hierro—. La justicia me pertenece.
Balekin apretó los puños, la frustración reflejada en cada músculo de su cuerpo. Pero antes de que pudiera replicar, la puerta se abrió.
Jacaerys entró con la gracia silenciosa de un dragón al acecho. Sus ojos oscurecidos por la preocupación recorrieron la estancia, pasando de su esposa a su hijo.