Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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En la penumbra húmeda de la cámara de tortura, los gritos eran el único eco que rompía el silencio sepulcral. Las antorchas, ancladas a las paredes de piedra, proyectaban sombras alargadas que danzaban como si fueran demonios burlándose de los condenados. El aire estaba cargado de un hedor a sangre, sudor y miedo, mezclado con el calor sofocante del hierro al rojo vivo que Ser Erryk sostenía en su mano enguantada. Frente a él, dos maestres encadenados a sillas de madera, con sus túnicas grises ahora empapadas en sudor y sangre, temblaban bajo su mirada implacable.
Erryk se acercó lentamente al más joven, un hombre de rostro pálido y ojos desorbitados. Con la punta del hierro incandescente, trazó un círculo en el aire, tan cerca de su piel que podía sentir el calor abrasador.
——Hablen —dijo con una calma que helaba más que el acero—. ¿Quién fue el responsable de envenenar a la princesa? ¿Quién se atrevió a alzar la mano contra un hijo del rey?
El joven maestre, con lágrimas corriendo por su rostro sucio, intentó hablar, pero solo emitió un gemido ahogado. Su compañero, un hombre mayor con cicatrices que cruzaban su rostro curtido, permanecía en silencio, apretando los dientes con fuerza. Erryk, al ver la falta de respuesta, torció los labios en una mueca de desprecio.
—El silencio no los salvará —dijo, y, sin previo aviso, presionó el hierro al rojo vivo contra el brazo del maestre mayor.
El grito desgarrador del hombre resonó en toda la cámara, como el lamento de un alma perdida. Erryk no mostró piedad; retiró el hierro, dejando una marca carbonizada en la piel del hombre, quien ahora jadeaba y temblaba como una hoja al viento.
—¡Habla, viejo! —gruñó Erryk, inclinándose para mirarlo directo a los ojos—. O juro por los dioses que haré que desees nunca haber nacido.
El maestre mayor levantó la vista, con lágrimas y sudor cayendo de su rostro. Sus labios temblaron, pero no pronunció palabra. Erryk suspiró, cansado de su resistencia, y giró hacia el maestre más joven.
—¿Y tú? ¿También te quedarás callado? —preguntó mientras alzaba el hierro de nuevo, ahora dirigiéndolo al rostro del joven.
—¡No! —gritó el joven, desesperado—. ¡Por favor, por favor! ¡No lo haga! ¡Yo... yo hablo!