Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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Cuatro años y 6 meses después...
El aire fresco de la tarde arrastraba el aroma de las flores que adornaban los jardines de la fortaleza. Bajo el cielo plomizo, Rhaella jugaba despreocupada con su dragona, una criatura de escamas plateadas y ojos que brillaban como estrellas líquidas. Había decidido llamarla Sylveria, un nombre que, según ella, evocaba la danza de la luz sobre el agua. La pequeña dragona seguía a su jinete con la lealtad de un cachorro, su diminuto cuerpo moviéndose con gracia infantil mientras Rhaella reía, su voz clara como campanas en un templo lejano.
A pocos pasos, Baela Velaryon permanecía sentada sobre un banco de mármol, su vestido azul celeste ceñido con elegancia. Su rostro, bello pero endurecido, se inclinaba hacia su dama de compañía, quien asentía tímidamente a cada comentario venenoso que escapaba de los labios de Baela.
——Lucerys... —dijo Baela, con una mueca de desprecio, —no es más que un cobarde. Nunca tuvo la fuerza de un verdadero Targaryen. Siempre escondido tras la falda de su madre. No tengo idea como mi hermana está tan enamorada de el.
Rhaella, distraída con Sylveria, no pudo evitar escuchar las palabras. La joven princesa levantó la vista, un destello de molestia brillando en sus ojos violetas. Sylveria, quizás sintiendo el cambio en su jinete, dejó escapar un suave gruñido que hizo eco en el jardín.
Con la inocencia de quien aún no conoce la política de los mayores, Rhaella replicó:
—Lucerys no es un cobarde. Mi abuela dice que el valor no siempre es ruido, y él lo demuestra en su silencio.
La risa de Baela fue afilada como una daga.
—¿Tu abuela? Oh, pequeña, apenas entiende el peso del trono que se esfuerza por reclamar.
Rhaella, molesta, azotó un pequeño lazo que tenía en la mano contra el suelo, haciendo que el polvo volara en dirección a Baela. La dama se levantó con brusquedad, sus ojos ardiendo de ira.
—¡Insolente niña... —exclamó Baela mientras se acercaba. Tomó la mano de Rhaella con demasiada fuerza, sus uñas enterrándose apenas en la delicada piel. —¡No vuelvas a faltarme el respeto!
Antes de que pudiera decir más, una figura etérea emergió desde las sombras del jardín. Helaena Targaryen, con su andar elegante y su vestido color lavanda que parecía flotar a su alrededor, se acercó con pasos suaves pero llenos de autoridad.
—La hija de un dragón no puede ser tratada como si fuera una simple campesina. — dijo Helaena, su voz suave, pero cargada de un peso que silenciaba hasta el viento. Sus ojos, de un violeta cristalino, se posaron sobre Baela con una intensidad inesperada. —Y tú, Lady Baela, deberías recordar tu lugar. Una princesa no recibe órdenes ni castigos de quien no sea su madre, y tú no ostentas tal título.
Baela titubeó, su boca abriéndose como si buscara palabras que no llegaban. Helaena avanzó con la gracia de un cisne, apartando la mano de Baela del brazo de Rhaella con un movimiento delicado pero firme.