Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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El frío del suelo se filtraba a través de mis ropas, una punzada constante que me recordaba que aún estaba viva. Mis piernas dobladas contra mi pecho, mis brazos envolviéndolas con desesperación, como si pudieran contener el peso insoportable que caía sobre mí. La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por la pálida luz de la luna que se colaba por la ventana, proyectando sombras alargadas que bailaban sobre las paredes desnudas.
Mis ojos estaban fijos en el suelo, pero no veía nada. Solo un vacío oscuro, tan profundo como el abismo en mi pecho. Lágrimas calientes se deslizaban por mis mejillas, cayendo en silencio, dejando rastros húmedos en mi piel. **Era un llanto sin consuelo, un llanto que no buscaba alivio, solo un desahogo en el silencio de mi soledad.**
Un sonido suave rompió la quietud. La puerta se abrió, y el leve crujir de la madera me arrancó del trance. No levanté la cabeza; no necesitaba hacerlo. Conocía esos pasos. Mysaria.
Se sentó a mi lado, sin prisa, sin ruido, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera hacerme romper del todo. No dijo nada al principio, y por eso la amaba en aquel momento. Su presencia era una ofrenda silenciosa, no una intrusión.
——Rhaella preguntó por ti —murmuró al fin, su voz tan suave que apenas rozó mis oídos.
Cerré los ojos con fuerza, como si pudiera contener las lágrimas que no dejaban de caer. Giré mi rostro hacia ella, mis ojos hinchados y enrojecidos encontrándose con los suyos.
—Quiero que te encargues de ella —dije, mi voz quebrada, más un susurro que un mandato—. Yo no puedo.
Mysaria parpadeó, sorprendida. Su mirada era de comprensión, pero también de algo más. Algo que no podía permitirme recibir: esperanza.
—Visenya... —dijo con cuidado—. Es tu hija. Perdió a su padre, a sus hermanos... y te necesita.
La mención de ellos fue como una daga en mi pecho. Bajé la cabeza, incapaz de sostener su mirada. Mis palabras salieron atropelladas, desesperadas.