Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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El primer aliento que llenó mis pulmones fue frío y violento, como si el aire que me rodeaba hubiese sido arrancado de las profundidades del mar. Abrí los ojos de golpe, jadeando, con el corazón desbocado y el sudor perlándome la frente. La oscuridad de la habitación apenas era rota por la tenue luz de las antorchas que parpadeaban en las paredes de piedra. Me incorporé de un sobresalto, los recuerdos asaltándome sin piedad.
Yo lo sabía… lo supe de inmediato.
Soy Lucerys Velaryon, heredero de Marcaderiva, futuro señor de las Mareas, hijo de Laenor Velaryon y Rhaenyra Targaryen.
Pero también soy el muchacho perdido, el que olvidó quién era, el que vagó por tierras extrañas con la mente nublada, incapaz de recordar su linaje, su deber, su sangre. Ahora, todo regresaba a mí como una tormenta desatada: la infancia en Rocadragón, los entrenamientos con mi hermano Jacaerys, las risas de Aegon, Viserys y Visenya, y la batalla… esa maldita batalla en los cielos sobre Bastión de Tormentas.
Recordé el rugido del viento, el gélido abrazo de la lluvia, el brillo de las fauces de Vhagar, y el grito desgarrador que se perdió entre las olas. Recordé caer, la oscuridad tragándome entero, y después… el vacío.
Me llevé las manos a la cabeza, los dedos temblando mientras mi mente se sumergía en ese caos. ¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? ¿Cómo había sobrevivido? Las respuestas no importaban ahora. Estaba vivo. Lucerys Velaryon había regresado.
——¡Lucerys! —la voz de mi madre rompió el silencio, como el primer rayo de luz tras una larga noche.
La puerta se abrió de golpe, y allí estaba ella, Rhaenyra, mi madre, con el rostro marcado por el cansancio, pero con una expresión de esperanza que le iluminaba los ojos. El maestre la seguía de cerca, cargando consigo una bolsa llena de hierbas y ungüentos.
—Hijo mío… —murmuró, acercándose a mí con pasos vacilantes, como si temiera que fuese una ilusión que pudiera desvanecerse en cualquier momento.
No pude contenerme. La miré, y en ese instante sentí cómo una lágrima solitaria corría por mi mejilla. Rhaenyra cayó de rodillas junto a la cama, rodeándome con sus brazos, apretándome contra su pecho como si quisiera protegerme del mundo entero.
—Estás aquí… estás conmigo —dijo entre sollozos, su voz quebrada por la emoción.
—Madre… —susurré, mi garganta seca y áspera, como si no hubiese pronunciado palabra en siglos. La abracé con fuerza, sintiendo el calor de su cuerpo, el latido acelerado de su corazón, y por un momento, todo el caos en mi mente se desvaneció.
El maestre se acercó entonces, revisándome con manos firmes y expertas. Sentí el frío de sus dedos en mi muñeca, el tacto de los ungüentos en mi piel, pero mi atención permanecía fija en Rhaenyra. Su rostro estaba marcado por el peso de la guerra, pero aún así, seguía siendo la madre que recordaba, la mujer fuerte que nos había criado a mí y a mis hermanos.