Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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Las doncellas iban y venían, sus manos ágiles y rápidas ayudando a Visenya a ajustarse la ropa, mientras ella, frente al espejo, observaba su reflejo con una mezcla de frustración y cansancio. Su vientre aún no había recuperado su forma habitual, y las marcas que el embarazo había dejado en su cuerpo le parecían una burla constante. No soportaba la idea de seguir así, atrapada en esta nueva versión de sí misma que no reconocía.
—Ajusta más el corsé, quiero poder respirar como antes —ordenó, su tono impaciente, casi exasperado. Las doncellas obedecieron en silencio, sabiendo que Visenya no estaba de humor para tonterías.
—Mi princesa, tal vez... —comenzó a decir una de ellas, tímidamente, mientras trataba de ajustar el apretado corsé.
—No quiero consejos, solo hazlo —la interrumpió bruscamente. Quería volver a montar a caballo, quería volver a cazar con Errik, a correr por el bosque como antes. No soportaba esta vida atada a un bebé que apenas podía mirar sin sentir rechazo.
De repente, la puerta se abrió de golpe, y Rhaenyra entró en la habitación, su rostro una tormenta de enojo. El silencio cayó sobre la estancia mientras las doncellas se apartaban con rapidez, sabiendo que la reina regente no estaba de humor para presenciar frivolidades.
—¿Qué es todo esto, Visenya? —dijo Rhaenyra con tono firme, sus ojos recorriendo la escena con evidente desaprobación—. ¿Acaso crees que puedes volver a vivir como antes? ¡Deja de comportarte como una niña terca!
Visenya, ignorando el veneno en la voz de su madre, tomó una manzana de una bandeja cercana y comenzó a comerla, sin darle importancia. Con una sonrisa falsa y tono amablemente dulce, le respondió:
—Madre, qué sorpresa. Qué placer verte. ¿Cómo estás? —dijo, sin molestarse en ocultar el sarcasmo en sus palabras, mordiendo la manzana con indiferencia.
Rhaenyra frunció el ceño al ver la actitud despreocupada de su hija.
—No estoy aquí para tonterías, Visenya. Has dado a luz a una heredera, y tu deber no es correr tras caballos ni jugar a ser libre. Tu lugar está aquí, con tu hija y con Jacaerys —sus palabras eran duras, llenas de autoridad, como si estuviera regañando a una niña pequeña—. No puedes seguir actuando como si nada hubiera cambiado.