Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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El rey Jacaerys Targaryen, el inmortal que conquistó el respeto de dragones y hombres, cerró sus ojos por última vez apenas meses después de que su esposa, la reina Visenya, la que no arde, sucumbiera a un océano invisible, ahogada no por aguas profundas sino por una tristeza insondable: la pérdida de su pequeña hija Visenya la joven y de la heredera al trono, Rhaella Targaryen, la joven prometida al futuro. La muerte de las dos estrellas más brillantes de su cielo apagó la llama que durante décadas ardió en el corazón de la reina. Y cuando ella se desvaneció, el rey, que había sostenido el peso de un reino, ya no pudo sostener el peso de su alma. Murió al amanecer, justo cuando la luz prometía un nuevo día.
Pero…
Nadie esperaba lo que vendría después. La muerte de los grandes reyes, que debió ser el final de una era gloriosa, se convirtió en el principio de una maldición. Los muros de Rocadragón y el propio Desembarco del Rey parecieron oscurecerse. Los septones hablaban en susurros, los nobles murmuraban entre sombras, y los sirvientes veían presagios en cada rincón del castillo.
Según Melisandre, la sacerdotisa del fuego, el reino comenzó a caer lentamente… hermano tras hermano, uno tras otro, como hojas marchitas que caen al suelo en un bosque maldito. La sangre valyria, antes símbolo de grandeza y gloria, se tiñó de tragedia. Quizás las monedas lanzadas por los dioses aquella vez no cayeron del lado de la grandeza, sino en el oscuro abismo de la locura.
Así, el reino que fue testigo de dragones surcando los cielos y reyes indomables gobernando con fuego y sangre, ahora contemplaba, impotente, cómo el legado de los grandes se desmoronaba lentamente. Las cenizas del pasado se esparcían con el viento, dejando tras de sí una historia marcada no solo por la gloria, sino por una condena profetizada desde el inicio.