Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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El aire frío de la noche me envolvía mientras avanzaba a paso firme por el pasadizo secreto que conectaba la fortaleza con el exterior. Las antorchas parpadeaban, proyectando sombras temblorosas en las paredes de piedra. Mi mente seguía llena de preguntas sin respuesta y el nombre de Jacaerys se repetía en mi cabeza como un eco insistente. A cada paso, el enfado y la preocupación se enredaban más en mi pecho.
Giré una esquina y me encontré con Errik, uno de los guardias gemelos, apostado en la penumbra. Al verme, su rostro se tensó, y una chispa de nerviosismo se reflejó en sus ojos.
—Princesa Visenya —saludó con una leve inclinación, pero su voz tembló un poco. Había algo en su expresión que no me gustó nada.
Fruncí el ceño, deteniéndome frente a él.
—Errik, ¿has visto a mi esposo? —le pregunté, sin perder el tiempo con formalidades. No estaba de humor para rodeos.
Errik desvió la mirada, y noté cómo apretaba los labios, como si tratara de encontrar las palabras adecuadas. Tragó saliva y, al final, soltó un suspiro, resignado.
—No puedo mentirle. Su esposo estuvo con el príncipe Aegon... y ya sabe cómo es él con el vino.
Las palabras de Errik hicieron que la rabia subiera por mi garganta. Sabía perfectamente lo que eso significaba. Aegon y el vino nunca eran una buena combinación, y Jacaerys... él no era de beber. O al menos, no lo era hasta que Aegon entraba en escena con sus malditas costumbres. Apreté los dientes, sintiendo cómo la ira se apoderaba de mí.
—¿Dónde carajos está ahora? —le solté, casi escupiendo las palabras. Mi tono era afilado, mi paciencia había llegado a su límite. No podía soportar la idea de que Jacaerys estuviera dejándose arrastrar por las malas influencias de Aegon.
Errik pareció encogerse bajo mi mirada, pero respondió, consciente de que no había forma de eludir mi pregunta. —Arrik los vio... dirigirse hacia la ciudad.
Un gruñido se me escapó, mis manos cerrándose en puños. La ciudad, de noche, con Aegon... No necesitaba ser una adivina para saber qué tipo de lugares visitaría. Aegon siempre había sido conocido por sus gustos dudosos, por perderse en la bebida y los placeres de la carne.