Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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El aire en la celda estaba cargado de una humedad amarga que se aferraba a mi piel como un sudario, mezclada con el hedor de la podredumbre que se acumulaba en los rincones. El vestido, manchado y desgarrado, me pesaba como si fuese de plomo, y el cabello sucio caía sobre mi rostro, pegajoso por el sudor. Había perdido la noción del tiempo; cada segundo en ese lugar parecía un siglo. Los sonidos del exterior me llegaban amortiguados, pero reconocía el bullicio inconfundible de los preparativos: algo grande estaba por suceder. Sabía lo que era. La coronación del usurpador.
Mis pensamientos, ennegrecidos como la celda misma, fueron interrumpidos por un eco. Pasos. El sonido era firme, prepotente, lleno de una arrogancia que reconocí al instante. Aegon. La puerta chirrió al abrirse, y allí estaba él, envuelto en su capa verde como un falso conquistador, con Criston Cole siguiéndolo como su sombra silenciosa. La sonrisa torcida que se dibujaba en su rostro era un insulto por sí misma.
——Ahora eres mía —dijo con voz ronca, deteniéndose frente a mí. El tono de su voz era el de alguien que cree haber ganado, que cree que el mundo entero le pertenece. Sus ojos recorrieron mi figura como si fuera un trofeo, y continuó—: Me perteneces, Visenya. Tú y tu dragón son míos.
Desde el suelo, levanté la mirada lentamente, apartando el cabello de mi rostro con la mano. Lo miré con una mezcla de asco y desafío, y dejé escapar una risa seca, sin humor.
—Borracho me caes mejor —le solté, mi voz cargada de desprecio—. Al menos entonces no hablas tantas estupideces.
El rostro de Aegon se tensó por un instante, pero luego se recompuso. Su sonrisa volvió, más forzada esta vez, y dio un paso hacia mí, inclinándose ligeramente para estar más cerca.
—Jura tu lealtad hacia mí, Visenya. Únete a mí, y te haré reina de los Siete Reinos. Después de mi muerte, tú gobernarás —dijo con una voz que pretendía ser convincente, pero que para mí no era más que el canto de un cuervo. Hizo una pausa, y su sonrisa se ensanchó con un destello de malicia—. Tú serás mi segunda esposa, como lo fue Rhaenys para Aegon el Conquistador ¿Y nuestros hijos? —continuó con una dulzura falsa que me provocó náuseas—. Serán fuertes, dragones verdaderos.
No pude evitar reírme en su cara. Una risa seca y amarga.
—¿Tú? ¿Padre de dragones? —repliqué con sarcasmo, alzando una ceja—. Apenas puedes mantenerte en pie sin tambalearte. Lo único que podrías engendrar es vergüenza.
Vi cómo la furia se encendía en sus ojos, aunque intentó disimularla. Su mandíbula se tensó, y dio otro paso hacia mí, invadiendo mi espacio con una agresividad contenida.
—Planeo casarme contigo, Visenya. Serás mi reina. No haré daño a tus hijos… si me juras lealtad.
Me puse de pie lentamente, a pesar del dolor que recorría cada músculo de mi cuerpo. Lo enfrenté, levantando el mentón para no ceder ni un ápice ante su presencia.