𝐂𝐀𝐏 03

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El cielo estaba gris, como si incluso los dioses compartieran nuestro duelo

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El cielo estaba gris, como si incluso los dioses compartieran nuestro duelo. El viento llevaba consigo el aroma salado del mar, mezclado con un amargo pesar que ninguno de nosotros podía sacudir. Estábamos reunidos en las orillas de Rocadragón, bajo el imponente silencio de la fortaleza, para dar el último adiós a Visenya, cuya ausencia pesaba como el plomo en nuestros corazones.

El agua se agitaba con violencia contra las rocas, como si protestara por recibir aquello que jamás debió ser arrebatado. Las cenizas descansaban en una urna de ónice, sencilla pero digna, abrazadas por los colores de nuestra casa. Rhaenyra, mi madre, se alzó con una copa de vino en la mano. Su rostro, siempre fuerte, ahora era un lienzo de dolor, sus ojos húmedos reflejando la luz tenue del día.

——Visenya Velaryon — comenzó, su voz firme, aunque rota en los bordes ,— era fuego encarnado. Una llama que ardía con una intensidad que pocos podían comprender y aún menos igualar. Fue hija, madre, esposa, y más que eso, fue una fuerza imparable, tan feroz como los dragones que nos rodean y tan noble como el acero que lleva nuestra sangre. En su corta vida, dejó una marca que nunca se desvanecerá. Y aunque las cenizas de su cuerpo se pierdan en estas aguas, su memoria seguirá ardiendo en nuestros corazones, inextinguible.

Los labios de mi madre temblaron al levantar su copa más alto. —Por Visenya. Que los vientos la lleven con cuidado y que los mares sean su eterno descanso. A mi hija, mi fuego eterno.

Me quedé en silencio, incapaz de unir mi voz a las suyas. Mis ojos estaban fijos en el horizonte, donde el mar se encontraba con el cielo. Pensé en lo infinito de esa unión, en lo indiferente que parecía a nuestro dolor. Una lágrima resbaló por mi mejilla, tibia y lenta, como si incluso mi cuerpo dudara en aceptar esta despedida.

En la distancia, Daemon, apartado de todos, una figura inmóvil bajo la sombra de un acantilado. Su rostro, usualmente endurecido por años de batallas y desengaños, ahora estaba marcado por líneas de dolor. No derramó palabras, ni vino, solo lágrimas silenciosas que el viento intentaba robarle.

El aire se volvió pesado mientras la urna fue abierta. El viento tomó las cenizas de Visenya, dispersándolas sobre las olas con una delicadeza que parecía casi humana. Quise gritar, pedirle al mar que las devolviera, que no se las llevara tan lejos, pero mi voz estaba atrapada en mi garganta.

Visenya, pensé, mi mente aferrándose a cada recuerdo, a cada momento robado que compartimos. No merecías este final. No merecías ser un susurro en el viento.

El mar respondió con su rugido, llevándola consigo. Y en ese instante, supe que no solo perdía a mi esposa, sino también una parte de mí mismo, una que jamás podría recuperar.








































































































𝑩𝑳𝑶𝑶𝑫 𝑨𝑵𝑫 𝑨𝑺𝑯𝑬𝑺- 𝑱𝒂𝒄𝒂𝒆𝒓𝒚𝒔 𝑽𝒆𝒍𝒂𝒓𝒚𝒐𝒏Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora