Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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La noche estaba en calma, demasiado calma. Las velas parpadeaban con un ritmo errático, proyectando sombras largas que danzaban sobre los muros de piedra de Harrenhal. Jacaerys estaba sentado frente a mí, su mirada fija en la copa de vino que giraba entre sus manos. Yo me había refugiado en el alféizar de la ventana, mirando al vacío, tratando de ordenar mis pensamientos, pero era imposible.
——Te noto distante —dijo finalmente, rompiendo el silencio.
Sus palabras me hicieron tensar los hombros. No lo miré, simplemente jugueteé con un mechón de mi cabello mientras fingía indiferencia.
—No pasa nada —respondí, aunque sabía que no era cierto.
—Visenya… —insistió, su tono suave, como si intentara atraerme con cuidado. Era raro en él; normalmente no era tan delicado. Esa vulnerabilidad me desconcertó.
Suspiré y finalmente lo miré. Sus ojos oscuros estaban llenos de algo que no esperaba: preocupación genuina. Eso me desarmó un poco.
—Es solo… todo esto —admití, haciendo un gesto vago con las manos—. Baela, Harrenhal. A veces siento que no puedo respirar.
Él dejó la copa sobre la mesa y se levantó. Caminó hacia mí con pasos lentos, como si temiera asustarme. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, su mano rozó mi mejilla y me obligó a mirarlo.
—Baela no significa nada, Visenya. Lo sabes, ¿verdad?
Sus palabras me hicieron reír, pero no fue una risa feliz, sino amarga.
—¿Y cómo se supone que debo creer eso cuando ella está siempre ahí, como una sombra? No importa cuántas veces lo repitas, Jacaerys, no cambia el hecho de que aceptaste casarte con ella.
—Fue una decisión política, nada más —respondió, su voz más firme esta vez—. Tú eres mi esposa, Visenya. Mi única esposa.
Quise creerle, pero había una parte de mí que no podía dejarlo pasar. Sin embargo, antes de que pudiera decir algo más, se acercó desde atrás y depositó un beso cálido en mi nuca.
—No quiero que esto nos destruya —susurró contra mi piel, y sus palabras me envolvieron como una manta en pleno invierno.
Cerré los ojos por un momento, permitiéndome disfrutar esa cercanía, esa ternura que pocas veces compartíamos. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó una mano y la deslizó suavemente por mi cabello, deteniéndose para dejar un beso cálido en mi frente. El gesto fue tan tierno que casi me hizo olvidar lo que me inquietaba.
—Te ves cansada —murmuró, sus palabras apenas un susurro.
—Es Harrenhal. Este lugar nos agota a todos —respondí, intentando sonar indiferente.
Él rió suavemente, un sonido bajo y agradable. Su mano bajó hasta mi vientre, descansando ahí con una familiaridad que me hizo estremecerme. Su palma era cálida, y aunque no podía saberlo, la conexión entre nosotros y los pequeños que crecía dentro de mí se sintió más fuerte que nunca.