𝐂𝐀𝐏 11

877 71 5
                                        

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

El cielo ardía con los últimos resquicios del sol cuando los dragones descendieron, enredando el aire con el estruendo de sus alas

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.


El cielo ardía con los últimos resquicios del sol cuando los dragones descendieron, enredando el aire con el estruendo de sus alas. Uno tras otro, los príncipes y princesas desmontaron con la destreza de quienes habían nacido en el lomo de esas bestias colosales.

La fosa de los dragones se alzaba ante ellos como una caverna sagrada, sus muros ennegrecidos por siglos de fuego y furia. El hedor a azufre y carne quemada impregnaba el ambiente, un recordatorio de que aquel lugar no pertenecía a los hombres, sino a los dioses alados de su linaje.

Aerion, siempre el primero en causar problemas, aterrizó con ligereza y, sin perder un instante, empujó a Vaenyra con un codazo malicioso.

——¡Por los Siete! Vuelas muy mal.

Vaenyra tambaleó, pero antes de caer le propinó un golpe en el pecho, haciéndolo retroceder con una sonrisa de suficiencia.

—Y yo pensé que un príncipe debía comportarse como tal, no como un bufón de feria.

Las carcajadas resonaron entre las piedras de la fosa. Rhaegar desmontó con una elegancia calculada y se pasó una mano por el cabello, con su eterna expresión de fastidio.

—Si hemos terminado con las gracias de Aerion, tal vez podríamos hacer lo que vinimos a hacer antes de que oscurezca.

—¿Oscurezca? —intervino Daemon, con su usual descaro—. ¿Acaso temes a la sombra de nuestros propios dragones?

Vaegor con su tono tranquilo pero afilado, añadió:

—No tememos a las sombras, pero si seguimos escuchando los parloteos de Aerion, me temo que me lanzaré yo mismo a una de esas cuevas para evitar la tortura.

Los más jóvenes, Maelor Aerys y Daenyra, se mantenían juntos, compartiendo miradas llenas de complicidad. Aerys, con el estómago rugiendo, miró a Rhaelys con una súplica fingida.

—Hermana, si no nos das algo de comer ahora mismo, me temo que tendré que cocinar a uno de nuestros dragones.

—Prueba con Syrax —respondió ella con una sonrisa burlona.

𝑩𝑳𝑶𝑶𝑫 𝑨𝑵𝑫 𝑨𝑺𝑯𝑬𝑺- 𝑱𝒂𝒄𝒂𝒆𝒓𝒚𝒔 𝑽𝒆𝒍𝒂𝒓𝒚𝒐𝒏Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora