Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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El pasillo estaba envuelto en una penumbra serena, apenas iluminado por la luz mortecina que se filtraba a través de una gran ventana. La lluvia golpeaba con suavidad el cristal, dejando un rastro de gotas que parecían lágrimas cayendo del cielo. Me detuve frente a la ventana, intentando hallar un momento de calma, un respiro entre tanta oscuridad. Fue entonces cuando la escuché.
——¿Puedo hablar contigo, Visenya? —La voz de Baela, suave y afilada como el filo de una daga, rompió el silencio.
No estaba de humor para confrontaciones, pero no tenía fuerzas para ignorarla. Asentí sin mirarla, manteniendo mi vista fija en el horizonte gris. No valía la pena discutir, me dije. No valía la pena abrir viejas heridas.
—Me enteré de que estás embarazada —continuó, su tono impregnado de falsa cordialidad.
—Sí —respondí, con desgano, sin apartar la vista del cristal empañado.
Pude sentir su sonrisa, esa sonrisa cruel que siempre escondía un veneno latente.
—Qué curioso… Yo también estoy embarazada.
Las palabras resonaron en mi mente como el eco de un trueno lejano. Giré lentamente hacia ella, el corazón latiendo con fuerza en mi pecho. No… No podía ser… La miré, buscando alguna señal de burla o mentira, pero solo encontré esa expresión de satisfacción cruel.
—¿De quién? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. La necesidad de escucharlo de sus labios era una tortura autoinfligida.
Baela no titubeó, no mostró un atisbo de duda ni compasión. Dio un paso adelante, dejando que la tenue luz de la ventana iluminara su rostro altivo.
—De Jacaerys, por supuesto. ¿De quién más sería?
Sentí cómo algo dentro de mí se rompía, algo profundo, irreparable. Mi pecho se llenó de un dolor punzante, como si una mano invisible se aferrara a mi corazón y lo estrujara sin piedad. Él me había prometido… me había jurado que nunca había compartido su lecho con ella.