Después de 12 largos años de abandono... La princesa Visenya Targaryen, hija bastarda de la heredera al trono de hierro Rhaenyra, vio después de largo tiempo a su familia y... A ese castaño llamado Jacaerys quien había odiado desde la niñez. Son emb...
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El dolor era un huésped constante. Las heridas abiertas en mi cuerpo, aunque cerradas por el tiempo, no dejaban de punzarme, como si quisieran recordarme que estaba viva. En el silencio de la habitación, sentí el peso del mundo en cada respiro.
Daemon estaba a mi lado. Sus manos fuertes, marcadas por los años y las batallas, eran un ancla en la tormenta que no me abandonaba. Me rodeó con cuidado, como si temiera romperme más de lo que ya estaba.
-Estarás bien -susurró. Su voz era un eco cálido en el frío vacío que me habitaba. Sentí sus labios rozar mi frente, un gesto simple, pero cargado de una promesa que él mismo no estaba seguro de poder cumplir.
No supe qué decir. Tal vez no había nada que pudiera decirse. Simplemente cerré los ojos, dejándome envolver por un amor que nunca había pedido, pero que ahora parecía ser lo único que me sostenía.
La puerta se abrió, y una ráfaga de perfume familiar invadió la habitación. Rhaenyra. Mi madre. Su rostro, marcado por el tiempo y el dolor de los años que nos habían separado, se iluminó al verme.
-Visenya... -Su voz quebrada era apenas un murmullo antes de que cruzara la distancia que nos separaba y me abrazara.
No supe cómo responder. Había algo incómodo en su calor, algo que no sabía cómo procesar. Mi madre, aquella figura que siempre había sido una mezcla de fuerza y lejanía, ahora me envolvía como si yo fuera lo único que importaba en el mundo.
-Te extrañé tanto... -Sus labios rozaron mi cabello y luego mi mejilla. Otro abrazo. Más firme, más desesperado.
Y yo, en silencio, sentí algo extraño. No era odio, ni amor pleno. Era algo en el medio, una sensación ajena, como si observara todo desde fuera. Se sentó a mi lado, sus ojos fijos en mí, estudiándome como si buscara respuestas que yo no podía darle.
-¿Dónde estuviste, Visenya? -preguntó finalmente. Su voz tenía un filo de ansiedad, mezclado con esperanza.
El nudo en mi garganta se hizo más fuerte. Miré al suelo, buscando palabras que no llegaban. -Es... difícil de explicar.
De pronto, mis ojos fueron hacia ellos, mis pequeños dragones, jugando despreocupados en el rincón de la sala. Sus risas llenaban el aire, tan puras, tan ajenas al peso que yo cargaba. Eran todo lo que había logrado proteger en esos años de sombras y secretos.
Mientras los observaba, algo dentro de mí se rompió y se reconstruyó al mismo tiempo. Eran la única parte de este mundo que no estaba manchada. Su inocencia era mi salvación y mi castigo.
La voz de mi madre interrumpió mis pensamientos.
-Te necesitamos, hija. Aquí. Con nosotros.
Pero yo no estaba segura de a qué pertenecía. ¿A ellos? ¿A Daemon, con su abrazo reconfortante? ¿A mi madre, con su amor tardío?