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Abigail

—Las odio a todas, me dan asco—dijo ella antes de dar media vuelta y salir del cuatro
En la pared de arriba se podía leer "Casa de los espejos"
(Cuentos para monstruos)

Hace un año atrás. (Primera parte)

La chica sube las escaleras lo más rápido que le permiten sus piernas; está desesperada por llegar a su habitación en la residencia, la cual se ha convertido en su refugio en estos últimos meses, lejos de las voces a sus espaldas que hablan mal de ella en susurros ruidosos al pasar.

Que es una bruja que mató a sus padres.

Que está maldita.

Odia esa palabra con todas sus fuerzas, porque la hace sentir responsable de cosas de las que no tiene ningún control. La hacen odiarse cada día al mirar su reflejo en el espejo.

Por eso solo quiere llegar y tumbarse un rato a comer y leer algo de los libros que le había mandado su amiga Chiara. Sus únicas amistades en la universidad son Clarie y Rut, su compañera de cuarto, a quien tiene la intención de ver. Entra en su habitación sin necesidad de abrir con la llave, ya que la puerta se encuentra abierta.

—Rut, ¿estás aquí? —llama adentrándose en el pequeño y acogedor cuarto. Enciende la luz, ya que la noche recién ha caído sobre el lugar, dificultando su visión, pues todo lo que observa son sombras. Es cuando nota que algo anda muy mal.

Su corazón le retumba en el pecho al sentir un olor metálico, proveniente del baño. No es la primera vez que lo siente; no importa los años que transcurran, siempre estará impreso en su memoria, como un eco persistente en el fondo de su mente. Náuseas provocadas por el miedo aparecen en su estómago mientras avanza hacia el lugar del olor con pasos vacilantes.

—¿Rut? Me estás asustando.

Nada.

Prueba a llamarla con más fuerza justo frente a la puerta del baño, pero obtiene el mismo resultado. La pintura blanca de la puerta necesita ser arreglada. Un nuevo color, verde tal vez, como los bosques cercanos a su hogar. Aunque no sabe por qué está pensando en eso ahora mismo. Agarra el pomo de la puerta y, cargándose de todo el valor que es capaz, entra de golpe.

Pasarán años y la escena siempre estará viva en su mente. Cada vez que cierre los párpados o vea el color rojo podrá recordarlo. Porque es todo lo que puede ver.

Rojo.

Por todas partes.

En las frías baldosas blancas del suelo, cubierto el espejo en forma de manos rasgando, la cortina color crema y, finalmente, la bañera. Donde el cuerpo de su amiga Rut se encuentra recostado como si estuviera durmiendo pacíficamente, de no ser por las venas cortadas de cada mano, al igual que su garganta.

Sus ojos se mantienen abiertos con una expresión de calma absoluta a pesar de la violencia del escenario. Su ropa, un vestido amarillo de rayas y deportivas, está completamente empapado en rojo al estar sumergida en la bañera. Y se da cuenta de que es la misma ropa que había visto hacía unas horas atrás, en una cafetería mientras comían donas y se burlaban de las chicas de su clase.

Los pelos de su nuca se erizan mientras su imagen choca contra el espejo, y todo se desdibuja, deformando su cara hasta que no es a ella a quien está viendo en absoluto, sino a alguien más. Esto es culpa suya, piensa, mientras escucha unos gritos hasta que se da cuenta de que provienen de ella, dañando su garganta.

Porque es cierto lo que la gente susurra a sus espaldas.

Ella está maldita.

Y siempre lo estará, pase lo que pase, aunque no haya más monstruos a los cuales culpar.

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora