Abigail
A veces nos preocupamos más por saber quién nos va a atacar que no nos damos cuenta quien ya nos está clavando el cuchillo (Lasciva)
Escucho mi nombre a lo lejos, un eco distante que se entrelaza con el murmullo de la oscuridad. Alguien está intentando llamarme, pero mi cuerpo está atrapado en un letargo helado, como si las sombras me hubieran envuelto en un abrazo mortal. De repente, un chorro de agua helada me golpea con fuerza, y mis párpados se abren de golpe. Toso, el líquido helado se cuela por mis fosas nasales, quemando mi garganta como si fuera ácido.
—Hora de despertar, perra.
Mis ojos parpadean varias veces, tratando de despejar la neblina que cubre mi visión. La escasa luz que se filtra en el lugar apenas ilumina los contornos de él lugar donde me encuentro. En ese instante me doy cuenta de varias cosas.
Primero: estoy esposada a una silla, mis muñecas están doloridas y la fricción de las cadenas me deja marcas rojas. Frente a mí, Chiara está en la misma posición, su mirada aterrorizada me observa con preocupación, sus ojos reflejan un miedo que me atraviesa como un cuchillo.
Segundo: este lugar es diferente al que conocía cuando fui golpeada. La atmósfera está impregnada de un hedor a moho y descomposición, y las paredes son frías y húmedas, como si absorbieran la desesperación que emana de nosotros.
Y tercero...
—Joder, sabía que no estaba equivocada—replico con desdén, dirigiendo mi mirada hacia la figura que se erige frente a mí. La chica que se deleita en mi sufrimiento, su mueca divertida es como un puñal afilado—. ¿De quién más podría tratarse que de la perra mayor?
Una sonrisa cruel se dibuja en el rostro de Penélope mientras me observa con una mezcla de desprecio y satisfacción. Su arma brilla bajo la tenue luz. La otra, sin embargo, está totalmente vendada; solo queda un muñón donde debería estar una mano, lo que supongo que es resultado de las sesiones de tortura. Mierda, en este momento desearía haber estado presente en ellas.
—Lástima que eso no te sirvió para una mierda; de lo contrario, no estarías en esta situación junto a tu amiga.
Mis ojos recorren el entorno hasta que se encuentran con otra figura: el causante del golpe en mi cabeza, el traidor que me dejó inconsciente para llevarme a este infierno.
—Pero tú...—escupo con rabia, cada palabra es un veneno que quema mi garganta mientras la traición se manifiesta como una herida física en mi pecho. Los recuerdos de nuestra amistad comienzan a deslizarse por mi mente como sombras danzantes—. ¿Cómo fuiste capaz de estar del lado de ella? De la hija de puta que mató a Rian, ¡nuestra Rian! Dime, Julien, ¡¿cómo fuiste capaz?!
Mi voz estalla en un grito desgarrador que resuena en las paredes frías del lugar, y veo su rostro arrugarse en un gesto de dolor. La cicatriz en sus labios le otorga un aire aterrador, y la sangre que mancha su ropa es un recordatorio punzante de lo que ha hecho.
—No era parte del plan—murmura con pesar, sus cejas se inclinan sombríamente hacia abajo—. No sabía lo que pretendía hacer hasta que fue demasiado tarde.
—¿Por qué?—pregunto, mi voz rota apenas es un susurro.
Por qué a el chico que soñaba con ser una figura importante del teatro. El chico cuyas estupideces iluminaban mis días cuando me hundía en la oscuridad.
Al chico quien era una de las personas más luminosas y alegres que había conocido.
—¿Por qué?—repite, su voz temblando entre la incredulidad y el dolor. Julien se acerca, su rostro transformado por una furia que chisporrotea como electricidad en el aire. Su semblante, antes tan familiar, ahora está distorsionado por la rabia.
ESTÁS LEYENDO
Lujuria
Random-Corre-se dijo a sí misma-Corre y no mires atrás. Pero la chica olvido que de las sombras y el pecado nadie puede escapar... Después de todo la única forma de librarse de la tentación es caer en ella
