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Abigail

He mirado el amor, y he sentido miedo.
Tenía ramos de rosas en los
vasos sanguíneos y lunaresen la piel, como puntos suspensivos de frases nunca dichas.
Era más yo de lo que yo
lo había sido jamás.

Las paredes se cierran a mi alrededor mientras trato de escapar. Mis pies resbalan debido al líquido escarlata que está impregnado en el suelo. Me sostengo con una mano de la pared que tengo a mi costado para minimizar la caída, pero eso no evita que comience a trastabillar al intentar volver a ponerme en pie.

Demasiada sangre.

El lugar está jodidamente cubierto de sangre.

Esto no es un suicidio, es un asesinato.

Ese pensamiento en mi mente paraliza mi cuerpo, robándome la voluntad de seguir corriendo, lejos de su cadáver y sus ojos viendo el vacío, lejos de quien sea que lo haya provocado. Hasta que escucho pasos aproximándose a mí; el hielo en mi sangre no es suficiente para prepararme para lo que ven mis ojos.

No.

No es posible.

No, por favor.

Así que todo lo que hago es gritar, gritar mientras continúo con los ojos cerrados, negándome a aceptar lo que mi cerebro está procesando. Grito tras grito, y luego de eso, todas las noches, todo lo que haría sería gritar.

(***)

Me despierto de un sobresalto, con varias gotas de sudor cubriendo mi frente mientras trato de estabilizar mi respiración. Manos cálidas me toman de las mejillas, limpiando el rastro de lágrimas en ellas.

—¿Qué mierda fue eso? —pregunta Kiev, frunciendo el ceño con su mirada analítica.

—¿Nunca has visto a una persona tener pesadillas? —le respondo sarcásticamente, notando mi garganta rasposa.

—Eso no fue una puta pesadilla, fue un recuerdo. He tenido demasiados de eso como para no saber identificar cómo se ven —dice con la mirada atormentada por unos instantes.

—Bueno, ya da igual. Son cosas del pasado. No quiero hablar de eso.

Me da su cara de que no va a dejarlo estar, por lo que concentro mi vista en otra cosa, como en las ventanas.

Muy lindas, eh.

Han pasado cuatro días desde que llegué al infierno. Inicialmente traté de dormir en lo que fue mi antigua habitación, pero no fue posible, ya que cada noche venía como el hombre del saco a secuestrarme mientras dormía y al despertar siempre me encontraba en su cama. Así que dejé de luchar en ese aspecto, por eso y porque aferrarme a él mientras cierro los ojos e intento conciliar el sueño me hace sentir tan... a salvo.

Con todo lo irónico que eso pueda ser.

Sin embargo, eso no impidió destapar recuerdos del pasado esta noche.

Cuatro días y cuatro muertes, como prometió, sin contar el suicidio de Marissa. Sus ojos cargados de locura segundos antes de presionar el gatillo aún resuenan en mi cabeza. Penélope sigue en interrogatorio, pero aún no hemos conseguido nada, a pesar de que Isaac lleva días sin dormir, pegado a la pantalla de su computadora buscando cualquier señal.

—Levántate, vamos a un sitio —responde de la nada, totalmente decidido; a mí, en cambio, me cuesta seguirle un poco el ritmo.

—¿Ahora? Es de madrugada.

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora