Epílogo

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Dies meses después

Hay un conejo blanco en mi habitación.

Me quedo absorta contemplándolo con el cepillo aún en la mano, ya que me encontraba cepillando mi cabello frente al espejo. Hasta que capto unas grandes orejas blancas por el rabillo del ojo; giro mi rostro en su dirección y ahí está.

Un pequeño animal con su esponjoso pelaje blanco. Sus ojos rojos se clavan en mí, como si fuera consciente de que lo estoy observando embobada. Me acerco a él lentamente, hasta quedar arrodillada en el suelo de la habitación. Mis manos se extienden con duda, por si mis acciones lo espantan y sale corriendo lejos de mí. Sin embargo, esto no sucede, por lo que finalmente poso mis manos en él, acariciando su suave pelaje.

—¿Cómo entraste aquí, pequeño?–pregunto a la habitación vacía.

No obtengo respuesta alguna, naturalmente.

Mientras continúo con mis caricias, noto algo en la parte de su cuello: lleva una bonita correa roja, al igual que el tono de sus ojos, con un diminuto papel enrollado en ella.

Lo tomo entre mis manos, con mi corazón latiendo desbocado en el pecho. Mis dedos temblorosos abren el papel, hasta que una caligrafía elegante y a la vez desordenada me devuelve la mirada. Esta vez la tinta es negra, no rojo sangre como la primera vez.

"Mira hacia abajo".

Frunzo el ceño, decepcionada por la brevedad del mensaje. ¿En serio es todo lo que dirá? A estas alturas pensaría que, teniendo en cuenta las molestias de traer el conejo como símbolo, se molestaría en ser un poco más poético.

Además, ¿a qué se refiere? Lo único que se encuentra abajo de mí es el suelo.

—A no ser... —tropiezo ligeramente al levantarme de golpe, asustando al animal con mis movimientos frenéticos, el cual comienza a saltar por toda la habitación.

Me ayudo de la pared frente a mí para ponerme en pie, mis ojos captando los innumerables retratos en ella; uno por cada persona que venía a visitarme al centro de salud mental. Mi sonrisa se alarga en mi rostro al ver uno de los retratos: en él se muestra a Kiev con su media sonrisa, rodeando con un brazo a Erin, quien está fulminando con la mirada a Asher debido a que este le colocó su famoso polvo blanco en la bebida sin que él se diera cuenta. Samael sale con un grito silencioso en sus labios debido a que Ayla le colocó su serpiente en las manos. Y en el medio me encuentro yo, doblada en dos gracias a la risa provocada.

Por más tiempo que transcurra, siempre será mi fotografía favorita.

Chiara se encuentra en la mayoría de ellas junto a Ayla; de alguna forma que desconozco totalmente, se hicieron amigas, a pesar de que desde que tomó el control del centro ha estado actuando sospechosamente tranquila, sin ningún escándalo público de por medio o asesinato casual.

Sacudo mi vestido blanco y me dirijo hacia la ventana. Corro la cortina de tonos pasteles y asomo hacia abajo justo como indicaba la nota, pero solo puedo presenciar el jardín del patio: los árboles meciéndose con tranquilidad y algunos grillos entonando su música. La brisa nocturna me acaricia el rostro; cierro los párpados apreciando el momento.

—¿Te habían dicho ya lo jodidamente hermosa que te ves esta noche?

Me sobresalto al escuchar su voz detrás de mí, profunda y seductora. Una mano firme me sostiene de la cintura, pegándome a su cuerpo tonificado, mientras siento su nariz rozar mi cuello, dejando una estela de calidez que me eriza la piel.

—Te heche de menos, conejito —musita con la cadencia de su voz, esa que siempre promete promesas perversas, como un susurro que se desliza por mi mente.

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora