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Kiev

Y el muñeco de nieve se acercó a la hoguera buscando calor, sin saber que a veces lo que más creemos necesitar es lo que más daño nos hace (Edén Pérez)

—...pero no están tan mal, al contrario de ti. A ti todavía te odio, y es tan molesto no poder decírtelo mirándote a los ojos.

Una voz se logra colar entre los recovecos de mi mente, alejando la neblina que es mi maldita conciencia ahora mismo. Mi cuerpo se siente pesado y hago una mueca debido al dolor, sin tener muy claro cuánto llevo inconsciente. Abro los ojos, pero vuelvo a cerrarlos debido a la molesta luz justo en mi cara.

De acuerdo, así están las cosas.

Estoy en mi habitación. Por alguna razón del destino, muy vivo y luego de... algún tiempo indefinido, por fin despierto.

Y no estoy solo.

—¿Dónde demonios lo escondiste?

Reprimo una sonrisa al observar a el conejito buscando con desesperación por cada parte de mi cuarto, seguramente su diario. Puede buscar todo lo que quiera y nunca lo encontrará. Me quedo mirándola fijamente por un momento, viendo lo apetecible que está con su cabello dorado suelto y ese vestido blanco ceñido a su figura, incluso cuando sus rasgos están arrugados por la frustración. Como una dulce, dulce comida tentándome a que sea devorada.

Me pregunto por qué aún sigue aquí, pero seguramente esto es cosa de mi hermano o de Erin, y me molesto conmigo mismo por haber desperdiciado tanto tiempo en esta cama mientras ella estuvo aquí. Tantas cosas que pude haber hecho. Planes que pude haber ideado. Nuevas formas de tortura en las que termine con ella gritando mi nombre.

Me pongo de pie en completo silencio, apretando los dientes debido a lo mucho que duele la zona baja de mi espalda cuando se ha metido medio cuerpo dentro de mi closet, hasta que estoy justo detrás suyo.

Joder, cómo amo esta posición.

—En alguna parte tiene que estar, solo tengo que...

—¿Buscas algo, conejito?

Su cuerpo entero se queda inmóvil; incluso me preocupo de que no esté respirando hasta que sale y se voltea hacia mí.

—¿P-piscópata?

Mierda, extraño tanto su voz llamándome así. Me da igual que lo diga porque me cree lo peor del mundo; solo con escucharla ya tengo suficiente.

—No habrás creído que te librarías tan fácil de mí, ¿o sí? Ahora, ¿por qué no me sigues contando lo mucho que me odias?

—Tú... despertaste —exclama sin poder creérselo, con sus manos temblando a sus costados.

—Es lo que querías, ¿no? —me acerco a su oído conteniéndome de no gemir cuando el olor a violetas me golpea—. Te escuché.

—Oh, ¿en serio? Y am... ¿qué exactamente escuchaste?

—Todo.

A pesar de mi estado, con un pie en el más allá, de alguna forma podía escucharla. Cada vez que se quejaba de la mala persona que soy, como tenía que haberme matado, las veces que me ponía al día sobre todas las cosas que había hecho.

—¿Y sabes cuáles fueron mis favoritas? —pregunto esta vez cerca de su rostro, sintiendo su respiración caliente impactando contra la mía.— Todas las veces que decías que me odiabas, porque sabía que todas eran mentira.

Aprieta sus labios en una expresión que conozco, la cual significa que no tiene nada que decir o que le asusta lo que dirá, lo que me hace fijarme en mis labios, luciendo tan carnosos.

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora