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Abigail

Hay traiciones que te vuelven fuerte y hay otras que se convierten en un monstruo de sonrisa bonita. (Cartas que no llegaron)

El penetrante olor a desinfectante y a hospital se adhiere a mis fosas nasales. A mi lado, el tamborileo nervioso de los dedos de Rian resuena en el silencio tenso de la sala de espera, un ritmo inquietante que se mezcla con las constantes preguntas de Chiara, cuya voz se eleva en un crescendo de ansiedad. Cada palabra que pronuncia parece golpearme como un martillo, intensificando la presión en mi pecho.

Intento tomar una respiración profunda. Con un esfuerzo casi sobrehumano, me obligo a relajar los músculos tensos de mis hombros, sintiendo cómo la tensión se desplaza por mi cuerpo.

—Es que no logro comprender—dice Chiara, su voz temblando debido a la incredulidad—. Hace apenas unos minutos estaba bien, riendo junto a nosotras. ¿Quién podría querer hacerle daño?

Sus ojos brillan con lágrimas contenidas, y puedo ver cómo su mente lucha por encontrar respuestas en medio del caos. La angustia me envuelve como una manta pesada, y mientras miro a Rian, su expresión refleja el mismo desconcierto y preocupación que siento. La incertidumbre se cierne sobre nosotros como una tormenta inminente, y cada segundo que pasa sin noticias se siente como una eternidad.

Muerdo mi lengua cuando los flashbacks vuelven a mi cabeza, provocándome punzadas en las sienes: el psicópata obligando a Julien a arrodillarse, él tratando de escapar y terminando recibiendo un disparo, y luego... mi mano comienza con sutiles espasmos, recordando el momento exacto en que levanté el arma y apreté el gatillo. El hecho de que no me arrepienta en absoluto me hace cuestionarme el tipo de persona que soy.

Una vez que salí del callejón, me dirigí a la carretera, lejos del bullicio de la música ensordecedora, de las voces y las risas, necesitando aire en mis pulmones. Fue cuando Rian me encontró para contarme que, tras escuchar unos disparos, habían encontrado a Julien desmayado en el suelo de concreto, prácticamente desangrado por una herida de bala. La acompañé al hospital, donde hace dos horas fue ingresado, sin mediar palabra, solo con un torrente furioso corriendo por mis venas.

—Yo tampoco lo comprendo. Puedo ser un cretino la mayor parte del tiempo, pero aún así, no tenía enemigos, al menos no que yo supiera —opina Rian, mordiendo sus uñas, con la espalda recostada en la pared de la sala de espera.

Mi visión se nubla al mirar las baldosas blancas del suelo, ya que son mi único punto de enfoque. Mi garganta pica, como si la hubiera forzado demasiado, al igual que mis ojos, tras el rastro de lágrimas de hace unas horas. Hasta que el peso de una mirada se posa en mí: unos ojos azul claro que me examinan con escrutinio, como si estuvieran abriendo un surco bajo mi piel.

—Tú sabes algo, ¿no es cierto, Abigail? —murmura con expresión sorprendida. Da igual cuánto trate de ocultarlo; Chiara siempre me ha conocido demasiado bien.— No has dicho una palabra desde que llegamos. ¿Qué hacías sola en la carretera cuando Julien fue herido?

—Yo tengo una mejor pregunta —comienzo con voz gutural, debido al tiempo sin hablar—. ¿Qué hacías tú entrando en ese callejón, Chiara?

Muestra una expresión como si la hubiera golpeado, desconcierto nadando en las profundidades de sus ojos, acompañados de algo más, algo como miedo. Y ahí está la cosa: amo a Chiara como a una hermana, pero tengo mis propios secretos incluso de ella; algunos por su propia seguridad, otros por temor a que se aleje de mí si supiera las cosas que he hecho. Pero siempre pensé... que era la única que lo hacía. Pero al ver sus manos tensas, el sudor en pequeñas gotas en su frente y lo que me transmite su rostro, me doy cuenta de que estaba en un error.

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora