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Abigail

Eres quien eres en la vida, y o vives ese tiempo intentando doblegarte para hacer felices a lo demas...o no lo haces (Para Lukov con amor)

—Mierda.

Es lo primero que digo una vez mis párpados son abiertos, preguntándome por qué no los dejé cerrados en primer lugar. La luz molesta de la mañana, directa en mi rostro, es la respuesta. Me levanto de la cama y me quedo en una posición sentada, sin recordar el momento en que llegué a ella ni la causa de mi terrible dolor de cabeza. Al mirar la mesita de noche, noto varias cosas nuevas: una pastilla junto con un vaso de agua. Una bandeja con algunas frutas, como trozos de piña y fresas, tocino y varios emparedados con jarabe de maple. Sin perder un segundo, me tomo la aspirina y luego procedo a devorar mi desayuno, notando lo hambrienta que estoy.

¿En serio ya es otro día? Apenas unas horas me encontraba desayunando, pienso mientras mastico el tocino. Pero esto se debe a que toda la tarde y noche de ayer se encuentran en un borrón confuso de sucesos. Me percato de una nota que está debajo de la bandeja. La abro, curiosa, observando la caligrafía tan bonitamente envidiable.

"Preciosa, espero que te encuentres mejor. A veces tiendo a olvidar que tengo que evitar las sustancias más fuertes para los primerizos, por lo que me disculpo por eso. Pero oye, no se puede decir que no lo disfrutaste; hasta Isaac hace mucho que no lo veía reírse tanto. Cuando quieras más, ya sabes a quién buscar.

P.D.: Yo que tú evitaría por un tiempo a Erin; digamos que, a diferencia de nosotros, no tiene mucho sentido del humor y no se lo tomó muy bien."

No entiendo a qué se refiere, así que, a medida que termino el desayuno, trato de recordar todo lo posible. Varias imágenes dispersas vienen a mi cabeza.

Asher ofreciéndome su polvo blanco con una gran sonrisa.

Yo colgada del candelabro como si fuera Sia y luego a Erin abrazándola como si la vida se me fuera en ello.

Gritos, Samael tomando varias fotografías y la sensación de morder una gran oreja.

Oh, mi dios.

Si realmente es todo lo que pasó, definitivamente tengo que hacer de la misión de mi vida evitar al mastrodonte. Ideo todo un plan para mi cometido mientras me baño y me cambio de ropa, eligiendo un vestido blanco sencillo con una falda en forma de campana a media rodilla de Ayla. Luego procedo a peinar los mechones rebeldes.

De acuerdo, solo tengo que evitar cruzarme con él en todo momento; no debe ser muy difícil, ¿no?

Abro la puerta lista para salir a uno de mis recorridos habituales. Podría pasarme una semana entera en el lugar y aún me quedarían partes por ver. Cuando noto un cuerpo enorme tras mi puerta esperando el momento en que fuera abierta.

—Hola, solecito, ¿vas a algún lado? —chillo, cerrando la puerta en su cara; o eso intento, ya que usa su pie para detenerme y entra de golpe en mi habitación.

Me encierro en el baño, asegurándome de dejar la puerta con seguro y sosteniéndola contra mi pecho debido al susto. Definitivamente no voy a llegar a mis veinticinco si mi vida sigue así; será por un infarto cardíaco.

—Abre esa puerta ahora mismo o la terminaré echando abajo —escucho con mi cabeza pegada a la madera la muy cabreada voz de Erin.

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora