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Abigail

Un día seremos olvido. Hoy estamos por ser cenizas. (Cartas que no llegaron)

—Sigo pensando que esto es una mala idea—gruñe Erin, cruzando los brazos con fuerza, su mirada fulminante se clava en el chico como si pudiera atravesarlo.

—Cierra la boca, Erin. Fuiste tú quien se ofreció a venir conmigo en primer lugar—repito con calma, por lo que debe ser la quinta vez en el día. Mi voz resuena en el pequeño espacio del estudio de tatuajes, donde el aroma a desinfectante se mezcla con el leve tufo de tinta.

—Eso es porque no tenía idea de lo que planeabas hacer—responde, apretando los dientes, mientras sus ojos siguen lanzando dagas.

—Amm... ¿debo... continuar?—pregunta el chico, su voz temblorosa revela su nerviosismo alternando su mirada entre Erin y yo.

—Por supuesto, estoy completamente segura. No te preocupes por él; esa cara de querer cometer asesinato es su expresión natural—le digo con una sonrisa burlona, intentando aliviar la tensión en el ambiente.

Erin duda por un momento, pero finalmente se rinde y se recuesta contra la pared del local, sus brazos aún cruzados y su mirada iracunda fija en el pobre tatuador. A pesar de su actitud amenazante, he llegado a sentir un cariño especial por él, como si fuera un hermano mayor muy molesto.

Escucho el zumbido de la aguja antes de que el dolor punzante atraviese mi piel. Una mueca de dolor escapa de mis labios, y el chico se detiene al instante, sus ojos grandes y preocupados buscan los míos.

—¿Debería continuar?—pregunta con voz titubeante.

—Hazlo. He aguantado cosas peores, créeme—le animo, tratando de infundirle un poco de confianza.

Después de todo, esto es algo muy pequeño. Una frase, cuatro palabras.

Pero tienen un significado inmenso para mí.

Ego sum qui sum.

La decisión de grabarlo en mi piel no fue solo por él; fue también por mí misma.

Porque soy quien soy.

Con todas mis partes rotas, incluso aquellas que me asustan o desagradan. Son parte de mí, y he aprendido a aceptarlas y valorarme a pesar de todo esto. Él fue quien me enseñó a hacerlo.

Por eso decidí tatuarlo en mi piel, y sé que podré arrepentirme de muchas cosas en el futuro; sin embargo, esta no será una de ellas.

Tras unos minutos que parecen eternos, el chico termina su trabajo y me muestra mi muñeca con orgullo. La frase en letras pequeñas y cursivas resalta sobre mi tono de piel, ocupando el espacio perfecto en mi brazo. Con una mezcla de emoción y satisfacción, le pago al chico y salgo del local con una sonrisa que ilumina mi rostro como los rayos del sol de la mañana.

—¿Qué crees? ¿Está chulo, verdad? A mí me encanta—comento con alegría mientras me acerco a Erin, mostrándole el resultado como si no hubiera sido testigo de todo el proceso.

—No, es feo al igual que tú. Ahora camina que quiero llegar pronto; tengo unas cuantas luchas programadas para hoy—responde con desdén, aunque su tono esconde un atisbo de cariño.

—Siempre tan amargado. Está bien, en el fondo sé que me adoras en secreto—le digo con picardía mientras nos adentramos en las calles bulliciosas, donde las voces y risas de la multitud crean un fondo vibrante.

Me lanza una mirada molesta mientras nos dirigimos hacia su moto, la cual brilla bajo la luz del sol matutino.

—Estás pasando demasiado tiempo con Samael; te estás contagiando de su insufrible personalidad—me advierte, pero no puedo evitar sonreír ante la idea.

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora