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Kiev

No era una ninguna princesa. Sacrificaría el cuento para salvar al lobo.
Fabricante de lagrimas

Siento mis piernas perder todo rastro de fuerza, por lo que me desplomo en el sucio suelo. La bala impactó en mi espalda, dejando un dolor abrasador a su paso. Mis ojos pierden su fuerza al caer, pero los esfuerzo por abrirse con obstinación, reuniendo toda la determinación que me queda para gritarle que corra.

Que por primera vez no podré ir tras ella.

Se queda unos segundos con la vista fija en mí, sus labios temblando y los ojos cristalinos como platos. Hasta que finalmente lo hace; ellos la dejan escapar. Después de todo, el premio soy yo.

Finalmente será libre.

—Maldito idiota, ¿qué carajo hiciste? Te dije que no iba a morir nadie —gruñe Steven hacia el hijo de puta de Alaster.

Aprieto mis dientes con la sangre corriendo por mis labios. No podría saber con certeza dónde me dio, pero al parecer no fue en un órgano vital. Aun así, las posibilidades no están a mi favor. No tengo una respuesta sobre por qué hice lo que hice; solo sé que vi en el momento exacto qué iba a dispararle y mi cuerpo se movió por voluntad propia. La puse por encima de mí, cuando prometí que jamás lo haría por nadie.

El cazador muere salvando a su propia presa.

Irónico, ¿no?

Porque sé que no veré otro amanecer después de este día. Aun así, habrá valido la pena si ella consigue salvarse. Pero no me iré sin llevarme a estos hijos de puta conmigo, y una vez estando en el infierno, haré lo que tenga que hacer para torturarlos hasta la eternidad.

Me pongo en pie cojeando, notando el rostro estupefacto del cabrón que le disparó a mi conejito, quien pretendió quitarme lo que es mío de forma permanente. Aún con el arma en mano, no puede creerse que me haya terminado dando a mí. No digo nada; tan solo tomo mi navaja del interior de mi saco y la clavo en medio de su frente.

Cae aún con los ojos abiertos.

Una lástima que no tenga tiempo para haber hecho su muerte lo más dolorosa posible, pero es lo que hay. Los Quimera son un grupo de narcos de esta parte de Las Vegas con los cuales hacíamos negociaciones desde hace mucho. Nunca tuvimos ningún inconveniente en el pasado y su jefe siempre fue uno de nuestros principales compradores, por lo que el motivo de que quieran cancelar nuestro trato es algo que no soy capaz de comprender.

Los cinco hombres restantes se quedan inmóviles, sin saber cómo reaccionar al verme sacar dos pistolas del interior de mi saco. Este es precisamente el motivo por el cual traigo esta ropa en primer lugar.

—No teníamos intención de hacerte ningún daño; solo queremos nuestro dinero. Todavía podemos irnos en paz sin derramamiento de sangre.

Suelto una risa burlona, la sangre provocando que salga un tanto distorsionada y burbujeante.

—Lo que yo creo es que todos ustedes están muy jodidamente muertos.

Dicho esto, apunto al primero y, esquivando las balas, comienzo a disparar. Corro con la energía que me queda hacia un vehículo para refugiarme en la parte trasera, evitando que puedan darme de nuevo. Recargo y asomo la cabeza para dispararle a uno que viene directamente hacia mí; el olor a pólvora está presente en el aire y otro cae.

Ahora solo quedan tres. Las balas estallan en el costado del vehículo, por lo que sigo con mi ritmo:

Carga, dispara, ocúltate, respira.

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora