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Kiev

Ella es todo lo que no
merezco.
Pero la voy a conservar
de todos modos. (Gleam)

Tick, tack.

Hay una cuenta regresiva en mi cabeza, donde las putas manecillas del reloj perforan mis oídos. Siento la sangre cálida deslizarse por mi cuerpo, dejando un dolor punzante a su paso. Los segundos corren burlones, recordándome que el tiempo no está a mi favor. Mis párpados luchan por permanecer abiertos; sin embargo, se sienten como si estuvieran hechos de concreto. La suciedad del suelo se pega a mi mejilla derecha. Por tercera vez, aprieto los molares en un intento de mover cualquier músculo; después de tres segundos, mis brazos, entumecidos, comienzan a cooperar.

Voces alarmadas se escuchan desde mi posición en el suelo, y luego manos cálidas comienzan a tocarme por todas partes.

—Esto no es suficiente para matarte, pequeño bastardo —comenta una voz en un matiz entre preocupado y frío. Mis ojos, al abrirse, enfocan a mi hermano—. Así que más te vale levantarte del suelo.

—Sabía que eras tú —comento en un gruñido mientras, con una mano apoyada en el suelo, hago palanca para quedar sentado—. Ese tono tan sosegado y aburrido solo podría venir de ti.

Las comisuras de sus labios se inclinan en un apéndice, como si estuviera a punto de sonreír; sin embargo, dicha emoción se queda a mitad de camino al observar toda la sangre que me cubre.

—Carajo —espeta, desprendiendo su corbata para luego enrollarla en mi pierna derecha, haciendo presión justo donde recibí el primer disparo. Me echa una mirada evaluadora, seguramente buscando la responsable de tanta sangre; cuando la nota, su mirada se oscurece al instante—. Voy a hacer que ese hijo de puta suplique clemencia de rodillas.

—Cuanta emotividad en esa sentencia de muerte —me burlo por debajo a pesar del dolor y su mirada de reproche—. Quién diría que podías ser tan pasional.

—Cierra la boca —reprende, volviendo a su seriedad habitual, pero puedo ver lo asustado que está, desde el sudor perlado en su frente hasta el tic nervioso en la mandíbula.

Mika es el puto rey escondiendo sus emociones y dejando ver solo un hombre de mármol por donde quiera que pase; sin embargo, ahí es donde reside su peligro.

—¡Alya, trae toallas limpias y algo para coser una herida!

—Y un carajo —me levanto con los músculos como plomo, sintiéndome ligeramente mareado. La herida en mi abdomen punza con fuerza debido al movimiento, pero la única forma en que me quedo en este puto sitio es muerto—. Tengo que ir por ella.

—No estás siendo racional, Kiev —comenta con una leve inclinación de cejas—. Los demás chicos fueron por ella; tienes mi palabra. Tú, por el contrario, solo serías un estorbo en este estado.

—Auch, hay mucha crueldad en tus palabras, hermano —digo burlonamente por segunda vez, intentando relajarme con una sonrisa que no logra suavizar la gravedad de mis heridas. Mi gesto cae al ver que no surte efecto—. Me da igual cuántas personas hayan ido; no me quedaré aquí esperando que el hijo de puta de su hermano acabe con ella, aún tenga que ir desangrándome.

Una intensa voluntad de miradas comienza entre ambos, la misma que llevamos haciendo desde niños cada vez que alguno de los dos no estaba de acuerdo en algo. Pero leo entre líneas, en cada gesto y mínima señal de su expresión, por más escasa que sea. Sé que no me dejará ir sabiendo que pongo en riesgo mi propia salud.

—¿Nunca has querido algo con la suficiente fuerza que podrías hacer arder el mundo si la tienes a tu lado? —pronuncio cada palabra, presintiendo el impacto evidente, ya que sé que ataco un nervio—. Dime, Mikahel, ¿nunca has amado a alguien así?

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora