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Kiev

“El amor me volvió bestia, el dolor me hizo fuego.”

El retumbar de un rayo impacta en uno de los árboles a lo lejos, pariendolo a la mitad, dejando a su paso un destello cegador que ilumina el cuerpo de mi conejito justo cuando se deshace entre mis manos, sus dedos resbalando de los míos, su calor escurriéndose como arena entre mis dedos helados. Antes de saltar al maldito precipicio.

Por un instante dejo de respirar, solo observo su cabello rubio alzarse como un halo justo antes del impacto, mientras cae hacia el fondo del mar, las olas de un azul tormentoso como el de sus ojos tragándosela por completo.

Lejos de mí.

Qué curioso, creía que estaba familiarizado con el dolor, pero está claro que no tenía la mínima idea de él. Porque no hay nada más doloroso que ver cómo el amor de tu vida se arroja al vacío y no puedes hacer una mierda al respecto.

Grito su nombre en el instante en que sucede, mis manos abrazando el aire, intentando sostenerla para retenerla conmigo, ero solo abrazo la nada.

"Esa chica estúpida", pienso al llegar al borde del acantilado. 
Es una estúpida por creer que me quedaría de brazos cruzados aceptando su muerte. No hay ninguna parte de mí que pueda continuar adelante si no es con ella.

Con ese último pensamiento decidido en mi cabeza, suelto un profundo suspiro, el dolor de mis heridas aún con su insistente molestia, y la sangre deslizándose de mi cuerpo mientras la tormenta aumenta su intensidad y la lluvia comienza a caer. Contemplo las olas, maravillado por la belleza de la vista, a punto de dar el siguiente paso, el que me llevará justo a ella. Así podré castigarla por haberse atrevido a pretender dejarme atrás.

De la nada, algo me arranca del borde. Un cuerpo pesado me embiste, el impacto me arranca el aire, y el dolor me atraviesa como un puto cuchillo. Todo se vuelve blanco, un gruñido gutural escapa de mi garganta mientras lanzo golpes a ciegas, luchando contra el imbécil de mi hermano.

—¡Suéltame, Mika! No tienes derecho a decidir por mí—escupo, la voz rota y temblorosa, mientras me aplasta contra el suelo frío y empapado. Siento su respiración agitada mezclarse con el olor a tierra mojada, la rabia en sus ojos ardiendo como relámpagos azules.

—¿Irónico, no?—me lanza, apretando más fuerte—Eso mismo pensabas hacer tú por ella.

—No es lo mismo y lo sabes—Mis manos forcejean inútilmente, los músculos arden, pero la sangre que pierdo hace que todo me dé vueltas. El dolor punzante en mis costillas y el sabor metálico en mi boca apenas me dejan hablar—Tengo que ir por ella. No puedo... no puedo dejarla sola.

Por un instante, sus ojos se ablandan. Veo el reflejo de mi propio miedo y desesperación en ellos, como si pudiera sentir la presión que me destroza el pecho y me roba el aire.

—No es tan alto, solo diez metros—balbuceo, la voz apenas un susurro ahogado por el rugido de la lluvia. El agua fría se mezcla con la sangre en mi piel, escurriéndose por mi rostro, limpiando pero también quemando. La desesperación me muerde por dentro, me enloquece—Te quiero Mika. Pero eso no va a impedir que vaya tras ella.

—Lo sé—responde, la voz quebrada, como si cada palabra le arrancara un pedazo de alma. Mira por encima de mi hombro y asiente hacia alguien más—Pero no puedo dejar que te lances así. Tal vez ella sobreviva, pero tú... tú no lo harás.

—¿¡No lo entiendes!?—grito, sintiendo los pasos de alguien acercándose. Mi corazón late tan fuerte que siento que va a explotar—¡Me importa una mierda!

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora