29

355 36 49
                                        

Abigail

El que juega con serpientes termina mordido (proverbio arabe)

El estruendo de un disparo me provoca un estremecimiento por todo el cuerpo, despertándome de mi estado de somnolencia. Mis ojos chocan contra la caja fúnebre de madera, observando un pie atravesado, cubierto de sangre.

Ay, mierda. Lo he vuelto a hacer.

Con dedos temblorosos abro el cierre, que se abre con un sonoro clic, reverberando en mis oídos. Sin perder un segundo, y forzando mis brazos debido a la cantidad de fuerza que tengo que utilizar, abro la caja de madera, revelando un rostro con expresión perdida por unos segundos; como si estuviera siendo invadido por sus propios demonios internos. El sonido de mi respiración agitada hace que se voltee en mi dirección, parpadeando para deshacerse de lo que sea que lo hubiera dejado en ese estado.

Mis labios tiemblan al contemplarlo; los suyos se estiran en una media sonrisa al verme de pie frente a él.

—Estás de vuelta, conejito.

De vuelta.

Así que supongo que ya lo sabe. La repulsión hacia mí misma me embarga como un asido nauseabundo. Pensé que ya había eliminado esa parte defectuosa en mi mente, arrancada a pedazos junto con la persona que la creó en primer lugar. Pero aún sigue ahí, robándome la voluntad y gritando tan fuerte que pierdo el control de mí misma.

Estuve tan cerca, tan cerca de librarme de la principal pesadilla de mi existencia, y aún sumergida de lleno en todo el odio hacia su persona, dudé. Sus palabras fueron la causante; no era realmente mi intención enterrarlo vivo, solo quería asustarlo, para vengarme un poco por todo lo que me había hecho. Pero a la vez, sus palabras fueron un detonante, al estar demasiado vulnerable por todas las emociones intensas que recorrían mi sistema, dando paso al monstruo en mi cabeza.

Giro mi rostro lentamente hacia el sonido proveniente del disparo para encontrarme con tres personas; una de ellas apunta a Chiara en su frente. Esta, a su vez, lo apunta a él con su arco de flechas tranquilizantes, con una mueca feroz en sus rasgos delicados.

—Baja eso, Pocahontas, o podrías hacerte daño —le dice Erin con tono despreocupado.

Lleva puestos unos pantalones militares de un verde desgastado que se ajustan a su musculatura robusta, mostrando la fuerza que hay detrás de cada uno de sus movimientos. Su camiseta negra, ceñida al torso, deja al descubierto una piel bronceada surcada por tatuajes que relucen bajo la luz tenue del lugar.

—Lo mismo digo. ¿Qué sucede? ¿Acaso tienes miedo por lo que necesitas una puta pistola para defenderte?

Ella luce tan calmada, como si una jodida bestia no pudiera terminar con su vida presionando el gatillo; más bien, solo lo incita. Yo, en cambio, estoy aterrada porque sé cómo es el carácter del portador de dicha arma y ejecuta su pecado a la perfección. Y ahora mismo, por lo que puedo entrever en su expresión, está muy pero que muy furioso.

—Me gusta esta niña—comenta uno de ellos, avanzando con pasos engreídos, me pregunto como fue que llegaron sin que ninguna de nosotras se diera cuenta de su presencia—Las dañadas son las más divertidas. Y hablando sobre eso, joder Kiev, no me puedo creer como pudiste terimar en esta posición, es deshonroso hasta para tí.

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora