31

320 38 42
                                        

Abiagail

“Si soy el diablo, amore
mio, tirad piedras al que me
hizo”
(Twisted- Never After)

Lo primero que noto es estar acostada en una cama similar a las de los hospitales, pero la palabra "acostada" no captura la realidad de mi situación: estoy esposada a ella. Mis muñecas están atrapadas en un frío metal que me corta la circulación, y cada intento de moverme se ve frustrado por la rigidez de las ataduras.

¿Que tiene este maldito hombre con encadenarme?. El pánico comienza a burbujear en mi interior, mientras recorro el lugar con la mirada, intentando asimilar mi entorno.

El cuarto es pequeño y está sumido en una penumbra inquietante, apenas iluminado por la luz tenue de una lámpara enorme que cuelga sobre mí. La luz es demasiado intensa, casi dolorosa, como si estuviera enfocada únicamente en mí persona. A lo largo de las paredes, estantes polvorientos sostienen una colección de herramientas que parecen sacadas de una películade terror: cuchillos de bisturí brillantes y fríos, pinzas oxidadas que parecen haber sido usadas en algún oscuro ritual.

El aire es denso y cargado de un olor químico que me revuelve el estómago; es un aroma que me recuerda la antisepsia fría de un quirófano, mezclado con algo más que no puedo identificar. Todo el conjunto consigue evocar una imagen en mi mente sobre mi situacion actual "Horror en el quirofano", anda ya tengo hasta el titulo.

—Esta vez te despertaste más rápido, al parecer te estas adaptando muy bien a que te secuestren.

La voz me hace voltear hacia el costado de mi cama. Me pregunto cómo es que no lo vi antes, sentado en un viejo sillón, reclinado como si estuviera demasiado cómodo para moverse. Eso me hace cuestionar cuánto tiempo lleva en ese lugar observándome.

Probablemente desde que me trajo.

Ni siquiera tenso las sogas que atan mis muñecas en un desesperado intento por escapar; soy consciente de que, en este punto, huir no es una posibilidad. Tenues sombras cruzan su rostro, dificultando que distinga su expresión.

—¿Es esto lo que sabes hacer? ¿No estás aburrido de estas venganzas sin sentido? —pregunto, intentando mantener la calma.

—¿Sin sentido? Es un poco hipócrita que digas eso, amor. Pareces olvidar que tú misma hiciste lo mismo.

—¿Y qué esperabas? ¿Que siguiera quedándome en un rincón, asustada de cualquier sombra porque sabía que podías aparecer en ellas? Esa fue la única forma que tuve de poder enfrentarte, aunque sea un poco.

—Aun así, yo nunca traté de matarte. Nunca lo hubiera hecho.

Cierro la boca, incapaz de encontrar una respuesta. Tiene razón; sabía que esas no eran sus intenciones, pero eso no lo convierte en una buena persona.

—Solo porque dijiste que me quitarías todo y harías de mi vida un maldito infierno para que deseara que me hubieras matado esa noche —replico, la rabia burbujeando en mi interior.

—Tal vez es hora de cambiar eso —dice con esa cadencia suave en su voz, y todo mi cuerpo se tensa cuando se pone de pie.

—¿A qué... te refieres? —pregunto, el miedo comenzando a emerger en mi pecho.

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora