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Jason

"No soy un error, soy una creación única, un monstruo qué camina con orgullo" (Anónimo)

Monstruo.

El sustantivo que ha definido toda mi existencia desde el instante en que llegué a la vida.

Monstruo, la palabra que escribió la psicóloga escolar en una hoja de papel marrón a la edad de siete años, luego de que apuñalara el ojo de un chico de mi clase por decir algo que no me gustó.

Monstruo me condenó el padre de una iglesia al verme una noche cubierta de sangre y con una sonrisa en mis labios, antes de clavarle una daga en el pecho.

Monstruo, lo que yo mismo murmuraba tras verme en el espejo. Mientras me embarga la necesidad de abrir pieles, de bañarme con su sangre, la última mirada antes de que sus ojos se desenfocaran para perder la vida en ellos.

No me importaba en absoluto si existe algo como empatía y piedad; en el momento en que fui creado, se terminaron perdiendo en el camino, dejando solo algo defectuoso a su paso. Porque lo cierto es que no era capaz de sentir ni una pizca de remordimiento por mis acciones, quedaban silenciadas tras el ruido en mi cabeza, invitándome a convertirme en un monstruo de verdad.

¿Qué era la moralidad, después de todo?

Me llamaban monstruo; sin embargo, ¿acaso no lo somos todos? La psicóloga era una hipócrita que se acostaba con el director escolar todas las noches, a pesar de ser una mujer casada. El padre de la iglesia era un pedazo de mierda que abusó de varios niños inocentes en nombre de la palabra del Señor. La única diferencia es que yo no escondía mis partes mal amoldadas; dejaba fluir la oscuridad hasta ahogarme en ella y le daba forma.

Tontos. Tontos cada uno de los que me llamaban por dicho sustantivo, sin saber que, en realidad, les estaba haciendo un favor al liberarlos de esta mierda que se llama vida.

Pero hubo una vez en que la envidia me cubrió los huesos hasta embargarme totalmente. Quería unirme a ellos en el descanso eterno, así tal vez, en el más allá, lograría sentirme en paz. Pensaba esto mientras sostenía el victuri en las manos con una mirada decidida, ya que había un vacío en mi pecho, tan grande que dudaba que existieran órganos vitales en mi cuerpo. ¿Cómo podrían? Si el vacío en mi pecho lo consumía todo, era un fantasma incluso mientras respiraba oxígeno, quien se movía solo por impulsos primarios.

Pero entonces ella me detuvo. Se dirigió a mí en ese pequeño cuarto de baño, con una diadema de flores en su cabello y el brillo de una estrella en su mirar. Solo tenía nueve años, aun así comprendió lo que pretendía hacer, ya que sostuvo sus manos entre las mías a pesar de que el borde de la navaja provocaba que cortara la palma de su mano.

—Prometiste que siempre estarías conmigo hasta el final —murmuró con los ojos cubiertos de lágrimas, mordiendo su labio inferior en un intento de que sus sollozos no fueran escuchados, de ser fuerte—. ¿Cómo pretendes que lo consiga si tú también me abandonas?

—Puedes conseguirlo sin mí, pequeña flor —le dije, pues ya me sentía tan cansado que solo deseaba cerrar los ojos para no continuar—. Tú no estás consumida por ella, puedes hacer una vida, lejos de todo esto... lejos de mí.

—¿Consumida por quién?

—Por la oscuridad —dije mirando nuestras manos. Pensaba que era evidente, ya que mi sangre no fluía igual que la suya; no era de ese tono rojo en particular.

Al contrario, era oscura como la noche, un veneno que fue insertado en mis venas hace muchos años.

—No sé qué se supone que sea querer, mi corazón está muerto, no palpita en mi pecho. Pero si aún queda una mísera parte que lo haga latir, esa eres tú.

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora