33

365 39 45
                                        

Abigail

Solo un demonio es capaz es capaz de soportar el precio de desobedecer un pacto con el diablo y es porque ya esta acostumbrado a los castigo del infierno (Arlette)

¿Alguna vez has tenido esa sensación de despertar y no tener puñetera idea de dónde estás, cómo llegaste o qué puto día es hoy?

Porque es exactamente la sensación que tengo al abrir los ojos y toparme con un parabrisas. Por alguna razón, solo soy capaz de quedarme observando ese parabrisas, como si contuviera todos los secretos del universo.

Tal vez, si solo me quedo así, se hará menos real...

—Por fin despiertas, conejito. Estaba empezando a preocuparme. Sé que a veces puedo ser un poco... brusco.

Mierda.

Mis manos están atadas, pero fuera de eso no hay pistolas en mis sienes, ni esa molesta navaja suya nadando sobre mi cara. Él está conduciendo como si no tuviera ninguna preocupación en la vida; de hecho, mueve sus dedos al compás de las canciones de Nirvana que están sonando, luciendo extrañamente... en paz.

Por un momento incluso pensé en mudarme de ciudad, cambiarme el nombre e irme a las Bahamas, pero seguramente él me encontraría allí también. Además, ya estoy cansada de correr, de luchar contra él. Literal y metafóricamente.

Suelto un suspiro resignado y me coloco en una posición más cómoda en el auto junto a él.

—Estás siendo un poco repetitivo, psicópata. ¿Por qué no me matas y ya está?

—No sabía que tus tendencias suicidas todavía seguían así de fuertes.

—Entonces, ¿para qué...?

—¿Te traje hasta aquí?

Asiento con la cabeza.

—Supongo que estaba aburrido —dice tan ligeramente, sin preocupación alguna, como si fuéramos amigos de toda la vida que van juntos de viaje solo porque se aburría.

No, no puedo creerle; estás engañándome. Haciendo que baje la guardia otra vez para luego atacar. Seguramente tiene un plan maestro que incluye varios métodos de tortura como en la Inquisición española. Un pensamiento me está molestando hasta que se abre paso en mi mente.

—Espera un segundo, dijiste "traerte aquí". ¿Dónde se supone que es aquí?

Detiene el auto con una media sonrisa mientras apunta al costado. Por primera vez soy realmente consciente de dónde estamos.

Madre del amor hermoso.

—Bienvenida a Las Vegas, conejito.

—¿Qué... cómo? —digo como una estúpida, pegando mi cara al cristal para ver mejor, y si eso no lo responde, el enorme cartel en neón con "Las Vegas" lo hace por él—. No puedo estar en Las Vegas.

¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? Solo lo sentí como unos cuantos minutos.

—Lástima, porque definitivamente es donde estás. Ponte esto —me da una bolsa de papel cartón con algo dentro; me quedo mirando el objeto como si fuera una bomba a punto de explotar.

Él, en cambio, malinterpreta mi expresión y saca de su bolsillo la navaja negra. Maldición, ¿es que siempre la lleva consigo? La utiliza para romper mis ataduras. Mis manos pican por el escozor de estar atada, al igual que mi frente debido al golpe autoprovocado.

—Vamos a dejar algo claro. No voy a volver a atarte ni a ponerte una pistola en la cabeza; caminarás conmigo tranquilamente y no tratarás de escapar ni de hacer algo estúpido o...

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora