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Abigail

No existen las personas malas.
Todos somos personas que a veces hacemos cosas malas.
(Romper el circulo. Colleen Hover)

Unas tortitas a medio comer me devuelven la mirada, pero no hago ningún esfuerzo por terminarlas; por primera vez en mi vida siento que he perdido el apetito. Increíble, ¿no? Sin embargo, es cierto. Aún sigo en el mismo asiento al lado de su cama, viendo su rostro dormir pacíficamente, como si solo estuviera soñando en vez de estar inconsciente, como si en cualquier momento pudiera abrir los ojos y decir: "Es hora de castigarte, conejito".

¿En qué momento mi vida se jodió tanto para terminar en este punto?

Los doctores se marcharon hace media hora. Dijeron que la bala no llegó a perforar ningún órgano vital, pero que perdió mucha sangre, por lo que podría estar inconsciente durante unos días y otras cuentas mierdas médicas más que no entendí en absoluto.

Pero aún no me he movido; después de todo, para como están las cosas, es lo más sensato. En esa media hora, el rubiales y el chico que parece siempre tener sueño vinieron a visitarlo, ignorando mi presencia magistralmente, por supuesto. El primero le regañaba por su imprudencia, diciendo que si lo hubiera llevado consigo, esto no hubiera sucedido. El segundo solo lo miraba con tristeza en los ojos.

Noto mis huesos doloridos ya con la adrenalina reducida a cero y mi cuello todavía palpitando debido al mastodonte.

Es entonces cuando la puerta vuelve a abrirse abruptamente, pero la persona que entra no es alguien que haya visto antes. Lleva un traje completamente arrugado junto con su cabello negro despeinado, sin embargo me da la sensación de que esto no suele ocurrirle mucho. Inmediatamente se dirige hacia la cama donde se encuentra Kiev, con una mirada desolada en sus facciones frías. Se acerca para apartar el cabello de su frente; finalmente me percato por primera vez en el parecido existente al verlos tan cerca.

Cabello color azabache. Piel pálida, cejas expresivas y la mandíbula cuadrada con pómulos afilados.

Pero mientras que en Kiev sus rasgos son algo más salvajes e intensos, con una inclinación burlona en sus labios, los de él, sin embargo, son más... inexpresivos.

Como si estuviera permanentemente con una cara de póker, excepto en estos momentos, viendo su pecho subir y bajar en la maldita cama.

Entonces entiendo el motivo de su similitud.

—Eres su hermano —afirmo, poniéndome de pie—. El duque de la avaricia.

—Y tú eres la chica por la cual está en estas condiciones —responde con una voz tersa y baja; apuesto a que está acostumbrado a nunca alzarla, todavía sin dirigirme una mirada.

—Yo...

—No te molestes en hablar, chica. Soy consciente de cómo sucedieron las cosas.

Eso me hace cerrar la boca de golpe, moviendo mis manos nerviosamente a los costados.

—Sé que no eres la responsable directa de su estado —afirma, poniéndose de pie con toda su altura enfrente de mí, con sus ojos helados—. Que incluso te dejó escapar y volviste por él a salvarlo.

Suelto un sonido molesto al abrir mi mandíbula, sin poder controlar mi expresión.

¿Cómo diablos...?

—El cómo no es importante —esclama, quitándole importancia con un ademán de mano, dando otro paso en mi dirección, todavía con su voz increíblemente baja—. La cosa es que no me importa nada de esto. Veo solo los hechos y, de no ser por ti, no estaría en estado de coma, así que te quedarás en este lugar hasta que despierte.

LujuriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora